Profesionales en pantalón corto o un video contra una prohibición
¡Hace calor!" dicen en un vídeo promocional Justin Leonard, Sean O´Hair, Justin Rose, y otros jugadores para que se recorte la prenda inferior de su equipación.
Imagíneselo. Cierre un instante sus ojos y ponga en su mente la visión de un profesional del golf con el putter en la mano dispuesto a embocar desde 15 pies luciendo sus juanetes en chanclas, sin calcetines; imagínelo exhibiendo su flora pilosa axilar que desborda desde las generosas aberturas de una camiseta tipo básquet. Incluso sobre la cabeza de este player puede imaginarse un sombrero de charro mejicano.
Para completar el cuadro en vez del tradicional pantalón largo, el caballero – es un modo retórico de referirme al personaje – podría llevar unos cortísimos short por el que asome una porción de nalga, mientras el sujeto realiza su trabajo profesional como si se tratase de cualquier actividad chapucera.
¿Imposible ver vestido de esta guisa a un player? Todo lo contrario: es lo más probable. Depende, amigo lector de la edad que usted tenga; pero si usted es lo bastante joven y Dios le da unas décadas de existencia, podrá contemplar esa patada a la estética y al buen gusto como algo usual, moderno, actual y bendecido por toda la opinión pública.
Comencemos por anotar que a los varones amateurs ya les está permitido jugar en pantalón bermuda. Añadamos que en la mayoría de los clubs el principal criterio de gobierno es el cash; dinerito, billetes, tarjeta de crédito. Está tan chunga la economía de algunos campos de golf y tan enraizado el criterio monetario que ya hay sitios donde si el individuo ha pagado los de derechos de juego (green fee), puede salir al tee del Hoyo 1 con bluejeans o bañador y cubrir la superficie de su tejido adiposo con una camiseta – por supuesto sin cuello – y con los colores del equipo de fútbol de sus amores.
Se está logrando paso a paso el punto de encuentro entre las direcciones de los clubs y el confort de jugadores: los clubs con la manga cada vez más ancha y los pantalones de juego cada vez más cortos.
En estas estábamos porque llega el verano y en determinadas latitudes unos pantalones bermudas permiten aliviar al jugador en las horas en las que el sol aprieta. Vale: como en aquel anuncio, admitimos pantalón bermuda como prenda de amateur, que paga por jugar en su club o en otra sede.
De todas formas se impone una reflexión en los órganos directivos de los Clubs y de las Federaciones acerca de hasta dónde llegan los derechos de un tipo por pagar un green fee: ¿tiene derecho a meterme en la nariz los bellos de su axila en el hoyo 15? Y, en la cafetería del Club o en su restaurante ¿no tengo derecho yo a verme libre de sufrir el espectáculo de sus horrendas pantorrillas?
Los modales, the manners, no tienen la función de liberar a la humanidad del frío y del calor o de hacer el mundo más cómodo, sino de hacer la convivencia más acorde con el respeto debido al otro: se trata de salvaguardar espacios de intimidad y privacidad; de no obligar al prójimo a respirar nuestra incontenida sudoración; de proyectar a la persona un poco más allá de lo que haría un cerdo si tuviera capacidad para hacer lo que le diera la gana.
Cubrir de vestido el propio cuerpo es algo más que un mero convencionalismo social. Por otra parte, las propias convenciones, con la flexibilidad adecuada, tienen esa función mejorar la propia sociedad a través de muestras visibles que evidencian el mutuo respeto; por esos acordamos normas y reglas que pongan en su sitio aquellas conductas insólitas potencialmente perturbadoras del orden y la buena relación. Sí, de acuerdo, son sólo convenciones. Pero recordemos que convención (del latín “conventio – onis”) es una norma o práctica de regulación social de la convivencia.
El individualismo exacerbado y la incesante claudicación hacia lo que place, más que a lo que solidariza, lleva a costumbres tan extendidas como la de que un camarero, perfectamente equipado con pantalón largo, camisa de impoluta pechera blanca, chaqueta smoking y pajarita tenga que servir a un cliente que, olvidada su dignidad y abandonada su masa corpórea en el asiento de un restaurante, lleva por toda vestimenta una camisa abierta hasta el quinto ojal y, desnudo de chaqueta o pullover, adorna sus partes bajas con un bañador y sus pies con unas chanclas. Para que luego hablen de los “señoritos”.
.- ¡Hombre! No se ponga usted así: es que hace calor…
.- Ya –respondo yo -. También para el camarero que le sirve. Hace calor, pero no hace categoría.
Y como se ve, la costumbre es fuente de derecho, incluso la mala costumbre; y, como se ve, la chusma, y los políticos que le bailan el agua, elevan a la categoría de normal lo que a nivel de la calle es normal; y, como se ve, todo se contagia menos la belleza: ahora hay unos pocos profesionales que atraídos por la firma Ashworth protagonizan un divertido vídeo – me estoy muriendo de la risa, ja ja,ja,ja – para que la R& A y la USGA levanten la prohibición que pesa sobre los profesionales de usar pantalón corto en las competiciones.
El grito inicial es la modernidad y es el cambio; el pretexto es el calor. “¡Hace calor!” dicen en el vídeo promocional Justin Leonard, Sean O’Hair, Justin Rose, Retief Goseen, y otros para que se recorten los pantalones y crezca la cuenta resultados de Ashworth: ¡cortemos lo pantalones!, predican sumisos a la marca comercial. Pues verán como alguien habrá que se los baja.