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Moldavia, la catedral del vino con puesto de honor en las grandes obras de la civilización

El valor de la Colección Dorada en Milestii Mici es inimaginable y constituye un fenómeno que sitúa a Moldavia en el mapa, por su dimensión y su proyección internacional.

BODEGA SUBTERRÁNEA
 / Actualizado 3 noviembre 2013 Ampliar el textoReducir el textoImprimir este artículoCorregir este artículoEnviar a un amigo
Con dos tragos del que suelo
llamar yo néctar divino,
y a quien muchos llaman vino,
porque nos vino del cielo
.”

Petru Mircea cerró el libro de poemas castellanos, tras releer una vez más a Baltasar de Alcázar, poeta andaluz del siglo XVI. Su conocimiento de la lengua castellana le permitía degustar esos versos, como si de un buen vino se tratara. Como si estuviera haciendo lo que su profesión le mandaba hacer.

Petru Mircea era enólogo y catador por vocación. También era estudioso y ensayista, especializado en el mundo del vino. Dominaba el idioma castellano por haber vivido dos años en España, en la Rioja, para estudiar y conocer la producción vinícola de esa región. Desde allí había podido viajar a otras zonas vinícolas de España, donde se había familiarizado con los diversos caldos y técnicas de producción, que convertían a este país en uno de los grandes paraísos del vino en Europa.

Petru recordaba con añoranza su estancia en España, pero al propio tiempo se sentía bien en casa, rodeado de sus viñedos y convencido de la importancia de su misión. Porque la cultura del vino era su vida. Se imaginaba como en una ensoñación el inicio de esa cultura, miles de años antes de Cristo en Oriente Próximo, en Asia Menor y en Egipto, para después pasar a formar parte de la civilización fenicia, griega y romana, que la expandieron por toda Europa.

El imperio romano sirvió de vehículo y a medida que colonizaba las tierras europeas, también las vinificaba. El dios griego Dionisos dio paso al dios romano Baco, y bajo su advocación el vino se convirtió en signo de identidad de todas las tierras romanizadas, desde los Urales a Finisterre. Por eso en mayor o menor medida el vino de Europa es el vino de la latinidad.

Está asociado al Mediterráneo, a la luz y al colorido de lo meridional, forma ya parte sustancial de las grandes culturas nacionales de Francia, España e Italia, que han eclipsado en parte a otras tradiciones vinícolas también muy arraigadas en tierras de la Europa oriental y de un alto valor cualitativo, todavía poco reconocido en el mundo. Por no hablar de las culturas vinícolas transplantadas a América, Australia, Sudáfrica, con magníficos resultados y ampliamente extendidas por el planeta, muchas veces en detrimento de algunas originarias, que el mundo debería saborear.

Ciertamente, pensaba Petru Mircea, el vino es mucho más que una bebida. Es como un compañero inseparable de nuestras vidas, al que no podemos renunciar, al que hemos integrado en nuestros hábitos sociales y al que además hemos conferido la condición de obra de arte, simbiosis de la naturaleza y de la mano del hombre.

Francia, con su extraordinaria cultura, ha tenido mucho que ver en ello, con sus famosas cepas, sus cultivos, su refinamiento, su clima y su “savoir faire”. Pero luego otros muchos países han seguido su senda y no le van a la zaga. Sin embargo, parece que los grandes países vinícolas de Europa occidental, Francia, Italia y España, sean los únicos relevantes por sus vinos de gran calidad y renombre.

Al pensar en esto, a Petru Mircea le asoma una sonrisa de secreta satisfacción. Él es de Moldavia, un pequeño país junto a los Cárpatos; un país entre dos grandes ríos, el Moldova y el Dniéster; un país cuya identidad nacional se remonta a los Dacios y luego se configura a partir del Principado de Moldavia en el siglo XIV; un país invadido o poseído a lo largo de los tiempos por el Rus de Kiev, los Mongoles, Hungría, Polonia, Turquía, finalmente Rusia. Formó parte de la Unión Soviética, hasta la desintegración de ésta. Estuvo a punto de unirse a Rumanía, su prima hermana, pero hoy es una pequeña y orgullosa república independiente.

Petru Mircea vive en la capital, Chisinau. A veinte kilómetros de allí se encuentra la minúscula población de Milestii Mici, que no significaría nada para el ancho mundo, de no ser por lo que esconde. Y lo que esconde Milestii Mici es el gran orgullo de Petru Mircea, porque él como experto sabe que los vinos de Moldavia son extraordinarios y a él le han confiado la misión de protegerlos, difundirlos y sobre todo preservarlos.

Mientras sus pensamientos divagan y se atropellan en su cabeza, se monta en su jeep especial del Director de la Bodega y enfila por la Vía Dionisos, hasta desembocar en el Boulevard de Champagne, para luego tomar la curva de la Vía del Hilo de Ariadna y recorrer varios kilómetros de la calle Cabernet, tras pasar por muchos semáforos que regulan el tráfico de los visitantes y de los 500 operarios a los que gobierna en la Bodega. Se encuentra a unos 80 metros bajo tierra y dirige la mayor bodega subterránea del mundo, construida en los años 50 del siglo XX, en la época soviética.

Su imperio se extiende por 250 kilómetros de galerías excavadas en la roca caliza y en ellas se guardan más de dos millones de botellas de vino, de las cuales un millón y medio son de colección. Es la Colección Dorada, un portento famoso en todo el mundo e incluido en el catálogo de los récords Guinness. Además de contener los mejores caldos de Moldavia, incluye también ejemplares de los grandes vinos franceses, españoles, italianos, etc. El valor de la Colección Dorada es inimaginable y constituye un fenómeno que ha situado a Moldavia en el mapa, por su dimensión y su proyección internacional.

Por eso Petru Mircea sabe que es un protagonista de excepción en el mundo del vino y que su bodega ya tiene un puesto de honor entre las grandes obras de la civilización humana.



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La bodega de Milestii Mici alberga auténticos tesoros. (Foto: YT)
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