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Bécquer, el romántico que paseó por las calles de Toledo

Es preciso conocer las creencias de la gente, sus pensamientos, las leyendas, los amores... porque todo esto es lo que estructura nuestro alma.

LA CIUDAD QUE LE MARCÓ
 / Actualizado 24 abril 2013 Ampliar el textoReducir el textoImprimir este artículoCorregir este artículoEnviar a un amigo
Gustavo Adolfo Domínguez Bastida –que era su verdadero nombre- nació en Sevilla un 17 de Febrero de 1836. Todos le conocemos por Gustavo Adolfo Bécquer debido a que, su padre, el pintor José Domínguez Insausti, descendía de una familia noble de comerciantes de origen flamenco, Los Bécquer. Por esta razón, firmaba con Bécquer como su primer apellido, y sus hijos, Valeriano y Gustavo Adolfo también. Su madre era Joaquina Bastida Vargas.

En enero de 1841, a punto de cumplir los cinco años, queda huérfano de padre y, cinco años más tarde, ingresa en el Colegio de San Telmo de Sevilla, donde se acogía a huérfanos de cierto nivel. Es aquí donde entabla amistad con Francisco Rodríguez Zapata y Narciso Campillo, su compañero y amigo. Al año siguiente, fallece su madre, por lo que tanto él como Valeriano, quedan bajo la tutela de su tía María Bastida.
 
Al poco tiempo, se cerró el colegio y Gustavo Adolfo Bécquer se fue a vivir con su madrina, Manuela Monnehay Moreno, en cuya mediana biblioteca, empezó la afición por la lectura. Poco después, comenzó su interés por la pintura e ingresando en varios talleres de la materia. Sin embargo, fue su tío, Joaquín Domínguez Bécquer, poseedor de su propio taller de pintura, quien le animó al estudio, costeándole incluso clases de latín. Fue precisamente este personaje quien le dijo:
 
"Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato".

Escribió en algunas revistas -"El trono y la nobleza" en Madrid, "La Aurora" y "El Porvenir" en Sevilla- y, en 1854, se marchó a Madrid con la ilusión de triunfar en el ámbito de la literatura, pero no puede más que sobrevivir escribiendo, junto a Julio Nombela y Luis García Luna, comedias y zarzuelas, bajo el pseudónimo de Gustavo García. En 1856, decide viajar a Toledo con su hermano, ya que pensaba que en esta ciudad se podía buscar inspiración, aparte de ser un lugar de amor y peregrinación favorable para escribir su libro "Historia de los templos de España".
 
En 1857, le diagnosticaron tuberculosis, afección que más tarde le llevaría a la tumba. En primer lugar, obtuvo un puesto en la Dirección de Bienes Nacionales, que no conservaría porque le sorprendieron dibujando. Así pues, en ese mismo año, empezó el proyecto de "Historia de los templos de España", en el que trataría de unir el pensamiento religioso, con la arquitectura y la historia y del que únicamente saldría el primer tomo con ilustraciones de Valeriano:
 
"La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un sólo libro la síntesis del segundo: he aquí nuestro propósito”.

En 1858, conoce a Josefina Espín y empieza el cortejo hacia la dama pero, al poco tiempo se enamora de la hermana de ésta, Julia Espín, a quien escribe sus primeras rimas, como "Tu pupila es azul". Julia detestaba la vida bohemia del escritor y tenía aspiraciones más altas, por lo que la relación no prosperó. Aparte de esta dama, conoció a Elisa Guillén, una dama de rumbo y manejo a quien convirtió en su amante y, poco después, lo abandonaría. Fue finalmente, el 19 de mayo de 1861, cuando contraería nupcias con la joven Casta Esteban y Navarro, quien le daría tres hijos: Gregorio Gustavo Adolfo, Jorge y Emilio Eusebio.
 
Con la fundación, en 1860, del diario "El Contemporáneo", consigue un puesto de redacción de política y literatura gracias a su amigo Rodríguez Correa. Dos años después, nacería Gregorio Gustavo Adolfo, su primer hijo, por lo que se ve obligado a escribir más para poder mantener a su familia, naciendo así varias de sus obras. Un año después, sufre una recaída de tuberculosis aunque pudo reponerse para volver a Sevilla con su familia. En 1864, obtiene el puesto de censor de novelas gracias a la mano de su amigo y mecenas González Bravo, puesto que abandonaría en junio de 1865, tras la caída del gobierno del general Narváez. Un año después, recupera el cargo de censor –con su buen salario- y, en 1867, nace Jorge, su segundo hijo.
 
En 1868 Gustavo Adolfo Bécquer vive malos momentos: debe volver a abandonar su cargo de censor por motivos políticos, rompe su matrimonio con Casta debido a la infidelidad de ella y, como colofón, su libro de poemas desaparece en los disturbios revolucionarios. En diciembre de ese año, nacería su tercer y último hijo, Emilio Eusebio, aunque hay dudas en cuanto a su paternidad.
 
Interesaba poner tierra de por medio, y para eso Gustavo Adolfo Bécquer decide pasar otra temporada en Toledo, ciudad que parece ser la única que le ayuda a superar sus tragedias. Habitaban una casa de la parte alta, con un huerto y un pozo con brocal árabe, donde celebraban fiestas para los niños y no faltaba la música. Bécquer tuvo tiempo entonces para ordenar y organizar su obra.
 
En 1870, con el fin de dirigir "La ilustración", fundada por Eduardo Gasset y en la que trabaja su hermano como dibujante, viaja a Madrid. En septiembre de ese mismo año, tiene lugar el fallecimiento de Valeriano, lo que deja hundido al escritor en una profunda tristeza. En noviembre, obtiene el puesto de director de "El entreacto", en la que sólo publica la primera parte de un inconcluso relato.
 
El 22 de diciembre de 1870, coincidiendo con un eclipse total de sol, Gustavo Adolfo Bécquer fallece en Madrid, quizás, víctima de un enfriamiento invernal. En sus últimos instantes de vida, le pidió a su amigo Augusto Ferrán que quemase sus cartas ya que pensaba que serían su deshonra, que cuidara de sus hijos y, además, le pide la publicación de sus versos:
 
"Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo".

Sus últimas palabras fueron:
 
"Todo mortal".
 
En 1871, Ferrán y Rodríguez Correa, siguiendo la voluntad de Bécquer, publica su obra en dos volúmenes, y en las siguientes ediciones se fueron añadiendo escritos.
 
Bécquer y Toledo
 
La primera vez que Bécquer visitó Toledo, tenía el doble objetivo de inspirarse para su "Historia de los templos de España", y conseguir algún dinero de su hermano Valeriano para hacer posible el proyecto. El dinero no dio para mucho y únicamente consiguió que saliera el primer tomo, "Templos de Toledo”. Sin embargo, su visita no fue en vano, ya que quedó enamorado de esta ciudad, e inspiró una gran parte de su obra. Bécquer era de los que creía que la historia no se escribe sólo con datos, sino que también es preciso conocer las creencias de la gente, sus pensamientos, las leyendas, los amores... porque todo esto es lo que estructura nuestro alma. Todo esto queda plasmado en una placa cerámica conmemorativa del centenario de su fallecimiento, que está localizada en la puerta de acceso a la judería, en la calle del Ángel, donde las palabras de Bécquer hablan por sí solas de Toledo:
 
“En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica”.


Placa cerámica situada en la puerta de acceso a la judería. (Foto: Alejandra Rodríguez Campos)
 
Muchos saben que Bécquer dejó su huella en Toledo. Pero pocos saben que no sólo sentimentalmente hablando, sino también físicamente. En la portada plateresca del Convento de San Clemente, sobre el friso de caliza, Gustavo Adolfo Bécquer plasmó su firma junto a la de su compañero, Yldefonso Núñez de Castro. Son 35 centímetros de firma a una altura de cinco metros.


Firma de Gustavo Adolfo Bécquer en el Convento de San Clemente. (Foto: David Utrilla, para Toledo Secreto)
 
En 1911, la ciudad de Toledo decidió dedicar la conocida calle de la lechuga a los hermanos Bécquer, tras un estudio del entonces director del Instituto de la Edad Media, Ventura Reyes, quien establecía en el número nueve de dicha calle, la vivienda de Gustavo Adolfo y Valeriano. Investigaciones más recientes plasman que la estancia en ese inmueble, de haber sido así, hubiera sido breve, dado que en esa casa se admitían huéspedes.
 
En la casa que sí habitaron los hermanos durante bastante tiempo está situada en el número ocho de la calle de San Ildefonso. Aún hoy se puede ver el laurel que el mismo Gustavo Adolfo plantó, y el brocal árabe pintado por su hermano Valeriano, actualmente en el Victoria and Albert Museum de Londres. Se cuenta que el escritor, debido a su tendencia romántica, se encontraba con la puerta cerrada y, por tanto, tenía que saltar el muro a altas horas de la noche para poder acceder a su casa.


Convento de Santo Domingo el Real. (Foto: NOROGACA)
 
De hecho, se dice que la leyenda de "Las Tres Fechas", una de las más conocidas del poeta y, para mi gusto, una de las más bonitas, la escribió tras un par de salidas por el Toledo nocturno, al pasar por delante del Convento de Santo Domingo el Real, cuando volvía a esta casa después de haber estado de juerga:

En uno de sus caminos habituales por la ciudad de Toledo, el poeta se encamina desde su casa hasta San Juan de los Reyes, para allí realizar alguno de sus bocetos, con el fin de venderlos. En una noble ventana, de un antiguo palacio, cree ver a una joven, de la que sin apenas conocer sus facciones, no puede evitar quedar prendado. Varios días son los que pasa por la ventana, y siempre ver aquella imagen, pero pronto, ha de marchar a Madrid, no sin antes, apuntar la primera fecha.

Al tiempo, vuelve a Toledo, pero al realizar los mismos recorridos que antes hacía, descubrió que donde antes había un palacio noble, ahora solo había ruinas, que las callejas que antes eran deliciosas para sus paseos, ahora están llenas de escombros, que los azulejos moriscos yacen bajo el musgo, y lo que antes era belleza, ahora es desolación. El poeta regresa sobre sus pasos y descubre una plaza, enmarcada entre tapias de un viejo convento, y allí decide abrir sus carpetas para plasmar en sus dibujos la vida monástica. Entonces, es cuando le sorprende una blanca mano, con un pañuelo bordado que le saluda, y en la que reconoce a la misma joven de la ventana. Otra vez vuelve a apuntar la fecha. Muchos días vuelve al mismo sitio, aunque ya casi no abre sus carpetas, pues espera poder volver a ver la mano de su amada. Poco después tiene que irse a Madrid.

Al cabo de un año, el poeta regresa otra vez a Toledo. Algo le hace volver. Quizás ese amor dormido, ese sueño, esas dos fechas escritas en su carpeta y también, ¿por qué no? el regusto por encontrar en el pasado lo que no se consigue en el presente. Esa ciudad de Toledo.


Placa cerámica situada en la plaza de Santo Domingo el Real, con un fragmento de la leyenda de "Las Tres Fechas". (Foto:  NOROGACA).

En realidad no sigue ningún camino, sino que solo pretende perderse por las callejuelas de Toledo, pero sin darse cuenta, acaba en el convento donde vio por última vez esa mano. Esta vez estaba abierto, y de su interior salían cantos religiosos y olor a incienso.

Bécquer se decidió preguntar qué es lo que pasaba, y los curiosos le dijeron que era una toma de hábito. Al parecer, una joven, hija de familia acomodada, tras perder a sus padres y quedar totalmente sola en el mundo, tras un año de estancia en el convento, renunciaba totalmente al mundo para consagrarse a Dios.

Entró en el templo, y pudo ver como la rubia cabellera de la novicia era cortada en señal de renuncia, y sin poder contemplar su rostro emocionado, su corazón le dijo que era su amada.

Esta fue la tercera fecha, que no anotó, pero quedó más grabada que las dos anteriores, pues la dejó para siempre en su corazón.

Y dice la leyenda, que el poeta romántico volvió muchas noches a la vieja plaza, donde se alzan los muros conventuales, para escuchar el canto monjil de maitines, porque entre esas voces, estaban también los suspiros de su amada desconocida, que aún amaba algo del mundo... ¡qué suspiraba por él!

Y este rincón, que sin cambiar su nombre, hoy es más conocido como "Plaza romántica", conserva como pocos espacios en Toledo el alma del genial poeta, los suspiros de la novicia y, sobre todo, esa inmensa paz de un amor sublime.

 

Fuentes
  • BÉCQUER, G. A. La Ilustración de Madrid: revista de política, ciencias, artes y literatura. Madrid, 1983.
Templos de Toledo. Toledo, D.L. 1989.
  • BENITO REVUELTA, V. Bécquer y Toledo. Toledo, 1971
  • CAPARRÓS ESPERANTE, L. Gustavo Adolfo Bécquer.  
  • FERNÁNDEZ GALÁN, O. M. Leyendas: estudio de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer. [Albacete], D.L. 2004.
  • Foro Toletho.
  • Mitoledo.
  • NOROGACA.
  • PORRAS, A. Gustavo Adolfo Bécquer. Madrid, 2006.
  • PORRES MARTÍN-CLETO, J. Historia de las calles de Toledo, T.I. Toledo, 1982.
  • RTVE: A la carta.
  • Sevillapedia.
  • VV.AA. Toledo, Ciudad de Leyenda. Toledo, 2001.
  • Wikipedia.

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 1 Comentario
1 | CRISTO DE LA CALAVERA
Clark | 25/04/2013 | 14:22
Os dejo una representación de una de sus leyendas toledanas... www.youtube.com/watch?vOu5doqI6834
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