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EL OTRO CAMILO

Rachmaninov y las oscuridades del Prado de Cruces



Fue la primera vez en mi vida que me puse unos audífonos. En la Sala de Música de la Biblioteca Nacional parecía residir el silencio de La Habana. El piano de Rachmaninov era el único sonido que llegaba a mis oídos.



Camilo Venegas / Actualizado 25 octubre 2020

Fue la primera vez en mi vida que me puse unos audífonos. En la Sala de Música de la Biblioteca Nacional parecía residir el silencio de La Habana. El piano de Sergei Vasilyevich Rachmaninov era el único sonido que llegaba a mis oídos.

Afuera, los 80 se recuperaban de un torrencial aguacero.
Alexis Díaz de Villegas (El Majá) y yo éramos inseparable en aquellos años de la Escuela Nacional de Arte. “Vamos a oír música clásica”, me convidó. Nos subimos a una ruta 81 en medio de un diluvio y, después de dar incontables vueltas por Miramar y El Vedado, nos bajamos en la Plaza. Llegamos empapados. 

La señora a cargo, paciente y amable, ignoró nuestro horrible estado y se concentró en lograr que las cabezas de aquellos dos guajiritos (de Cumanayagua y el Paradero de Camarones) se adaptaran a unos rudos artefactos de fabricación soviética. El Majá eligió a Mozart. Yo, al autor de “La isla de los muertos”.

Apenas unos meses atrás, había bailado en una de las esquinas más oscura del Prado de Cruces con Los Pasteles Verdes, Los Terrícolas y Los Brincos. Una muchacha cuyo nombre ya se me extravió, bailaba con su cabeza en mi hombro. Pero un ruso de Semiónov estaba despertando a un Camilo que hasta yo desconocía.

La gente con la que compartí, los libros que leí, las películas que vi, las conversaciones que escuché y los teatros a los que fui, me cambiaron para siempre. Nunca más volvería a ser el mismo después de aquellos primeros meses en Cubanacán. Eso lo supe cuando regresé a las oscuridades del Prado de Cruces. 

“Crees que por ser tu amante/ no puedas llevarme por donde tu vas./ Y que tengo que ocultarme/ como un fugitivo en la oscuridad”, volvió a cantar la muchacha en mi hombro, mientras una multitud de pergas nos rodeaba. Renay Chinea me hizo recordar todo esto con algo que escribió hace poco.

A veces, cuando voy solo en el Jeep, pongo a los Pasteles Verdes, Los Terrícolas o Los Brincos. Aún me sé muchas de sus canciones de memoria. Pero Rachmaninov siempre aparece en los momentos ideales para que no haya más sonido que el de su piano. Entonces el Camilo que hasta yo desconocía se pone en mi lugar.

Todo empezó el día que por primera vez en mi vida me puse unos audífonos.