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LA TAQUILLA

Golpes de martillo en la noche habanera



Nuestro albergue, como todas las escuelas de arte de Cubanacán, estaba construido sobre el campo de golf del antiguo Country Club de La Habana.



Camilo Venegas / Actualizado 8 octubre 2020

Nuestro albergue, como todas las escuelas de arte de Cubanacán, estaba construido sobre el campo de golf del antiguo Country Club de La Habana. Una interacción en las redes sociales con Corojo Valdivia, uno de mis compañeros de entonces, me hizo recordar una hilarante historia de aquellos años.

Corojo es de Sancti Spíritus y su litera era la primera que uno hallaba cuando entraba al albergue. Desde ese púlpito, daba sermones sobre teatro o hacía chistes desternillantes, siempre con una voz muy ronca que parecía estar a punto de apagarse.

Justo frente a la suya, estaba la litera de Agustín Amalfi, un fornido guajiro de las Minas de Matahambre que era extremadamente amanerado. Solo le mintió sobre su homosexualidad a su padre, un rudo minero que jamás lo hubiera entendido. Le dijo que iba a estudiar en la Escuela de Arte... ¡pero matemáticas!

Corojo defendía el teatro de vanguardia. Artaud, Grotowski y Barba eran apellidos que siempre estaban en la punta de su lengua. Amalfi sentía una pasión irrefrenable por el teatro sicológico norteamericano. Estuvo un año entero haciendo el decorado para una escena de El Zoo de cristal.

Una noche, Amalfi descubrió que habían intentado forzar su taquilla (así le llamábamos a los lockers). Consiguió un martillo y clavos para tratar de hacerla invulnerable. Media hora después, desesperado por los martillazos, Corojo se sentó en su cama y abrió los brazos: “¡Amalfi!”.

Con una fuerza descomunal y una delicadeza única, Amalfi cargó con la taquilla para el recibidor del albergue y volvió a martillar. El tac tac tac seguía siendo muy molesto. Por eso, al cabo de un rato sin poder concentrarse en su lectura, Corojo volvió a protestar: “¡Amaaalfi!”.

Lo oímos por las escaleras. Alexis Díaz de Villegas fue quien lo descubrió por las ventanas. Había bajado los cuatro pisos y reanudó sus martillazos en el bosque que había junto al edificio. Todos nos convertimos en espectadores de aquella improvisada obra de teatro del absurdo.

El taaac taaac taaac se oía más lejos, pero igual llegaba a nuestros oídos. Ya de pie y envuelto en una sábana, Corojo proyectó su voz como si estuviera en una sala abarrotada de público. “¡Amaaaaalfi!”. Todos corrimos a las ventanas y lo vimos alejarse con su taquilla encima, como un trágico personaje griego.

Desde el otro lado del bosque, cerca de la avenida que nos circundaba, nos llegó un leve eco. Taaaaac taaaaac taaaaac… Cuando volvió todos lo aplaudimos eufóricos. Eso lo comprometió demasiado con su público. Convirtió su toalla en un mantón de Manila y se travistió en Lola Flores.

A ese acto le siguieron otros y al final la noche se convirtió en un interminable espectáculo. Alexis repetía parlamentos enteros de Charlotte Corday en Marat/ Sade. Corojo, viejas décimas espirituanas y Leoncio de la Torre disfrazado del Yarini de Carlos Felipe, seducía a la loca francesa de Peter Weiss.

Ya todos pasamos de los 50 años. Pero siempre que nos encontramos, física o virtualmente, acabamos volviendo a aquellos días. Los golpes de martillo en la noche habanera, ahora significan para nosotros lo mismo que los del hacha que derriba cerezos mientras cae un telón de Chéjov.