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JOEL CANO

"Soy una semilla llena de defectos que no soporta la falta de libertad"



Es uno de los escritores cubanos que más admiro. Sus primeros textos eran tan agudos, que siempre me obligaban a pensar y repensarme. Tuve que aprender a descifrar su mirada, que tiene un vocabulario tan amplio como su escritura.



Camilo Venegas / Actualizado 20 mayo 2020

Joel Cano es uno de los escritores cubanos que más admiro. Joelito, como siempre le he dicho, es también una de las criaturas más lúcidas con las que he dado. Nos conocimos en la Escuela de Arte de Cubanacán. Entonces era muy callado. Muchas veces respondía con una expresión. 
 
Por eso tuve que aprender a descifrar su mirada, que tiene un vocabulario tan amplio como su escritura. Estas preguntas se las envié hace dos años, pero las respuestas no llegaron hasta hoy, en que aparecieron sin previo aviso en Messenger. Gracias a eso, incluyen temas que no existían cuando le propuse esta entrevista.
 
Los primeros textos de Joel Cano eran tan agudos y provocadores, que siempre me obligaban a pensar y repensarme. Lo mismo me ha ocurrido con sus respuestas. Hoy le dije que me había hecho muy feliz con su envío. Espero que a los lectores de El Fogonero también y que, como yo, se vean obligados a pensar y repensarse.
 
En Timeball le tiras las cartas al destino de los cubanos y tratas de demostrar que nuestro deporte nacional no es el béisbol sino “el juego de perder el tiempo”. Cuando escribiste esa obra, nadie en nuestra generación era capaz ni de sospechar lo que nos esperaba, ni a Cuba ni a nosotros. Desde la perspectiva que te da 2020, ¿qué más hemos perdido en Cuba, aparte del tiempo?
 
Hemos dejado que secuestren nuestra historia individual, que el revisionismo de un sistema político nos secuestre el pasado. De ahí nace esa imposibilidad de proyectarnos al futuro. Llevamos más de medio siglo padeciendo la historia fabricada por los demás. Hemos perdido la oportunidad de apropiarnos el presente para poder ser protagonistas de nuestra existencia individual. 
 
Los cubanos (al menos mis contemporáneos) contemplamos los acontecimientos como la carroza de un lento carnaval que se dirige al cementerio donde enterraremos nuestra cultura. Aplaudimos, o gritamos, o blasfemamos, o nos encomendamos a cualquier Dios, pero no actuamos; eso lo dejamos a otros, o a la geopolítica que terminará por decidir qué rumbo toma el país. 
 
Quizás pensamos que las conexiones entre ciertos hechos mayores que tejen esa narración llamada Historia se crean por sí mismas. Tenemos una fe absoluta en el azar. Nuestra generación perdió la oportunidad de una revisión crítica de nuestra historia reciente. No fuimos capaces de generar una "Perestroika" nacional... 
 
Luego durante el mal llamado "período especial" (que a pesar de todo creo que fue el único momento en el que Cuba ha sido realmente libre de todo compromiso económico), tampoco fuimos capaces de asumir el futuro de manera independiente y nos lanzamos a los brazos de la doble moneda, del turismo fácil, y convertimos al país en un parque temático congelado, en un socialismo de zarzuela y de bembé. 
 
 
Aunque vives en Paris y has logrado escribir poesía en francés (“las flores del bien”, según dijo en broma Salvador Lemis), vuelves de vez en cuando a Falcón, el pequeño pueblo en el medio de Cuba donde naciste. ¿Qué le debe tu sensibilidad a esas cuatro calles atravesadas por la Carretera Central? 
 
Le debe casi todo. Como ni siquiera vivía en el pueblo, sino en la finca de mi familia, ese aislamiento fue para mí un espacio mágico en el que mis hermanos y yo estuvimos fuera de toda influencia directa de la revolución marxista leninista; sólo vagos ecos llegaban hasta nosotros. 
 
No teníamos luz eléctrica, así que nuestro vocabulario era el de los campesinos de las islas Canarias, y también el de los malagueños. Por casa de mi abuela Aurora pasaban todos los ancianos que iban para la ciudad y hacían un alto en su cocina a cielo abierto. Dejaban los caballos amarrados a una mata de naranja, se tomaban un café y conversaban de cosas concretas como las cosechas, la muerte de alguien, la gallina desaparecida de una vecina, de injertos, y de recetas milagrosas... 
 
La sintaxis comunista la aprendí luego, en la escuela y también por mi padre que, como tantos, era un miliciano fascinado por la nueva sociedad que le proponía Fidel. Pero el uniforme de mi padre, sus juegos militares con nosotros, sus largos períodos fuera de casa en retiros ideológicos... todo eso era incomprensible para nosotros porque finalmente en la casa no se hablaba de política.
 
A mi pueblo le debo una creencia real en el poder de la solidaridad humana, de hablar con los animales y los árboles exactamente como lo haría con los humanos; le debo una noción de que lo verdaderamente cubano en mí es haber podido entrar en el vientre de la realidad, andar con los pies descalzos hasta los veinte años y sentir palpitar la tierra que me enviaba su frecuencia tibia.
 
Le debo las noches iluminadas por la luz de una lámpara de petróleo, fabricada con una lata rusa de leche en polvo. Esa débil llama jugaba a fabricar toda suerte de imágenes, nos traspasaba los dedos cuando los poníamos frente a a ella para que nos descubriera la silueta de nuestras falanges. 
Le debo a Falcón las voces narrando cuentos de aparecidos,  le debo los libros que robábamos del baúl de mi tío Exiquio, cuyo refinado gusto literario todavía me es inexplicable, puesto que en aquel cofre de madera sólo había clásicos de la literatura universal.
 
Le debo los domingos de dominó de mi tío Mongo amenizados por las voces de Nat King Cole, y Elvis Presley, y Barbarito Diez, y Roberto Faz derramándose del tocadiscos como un espeso aburrimiento. Luego comprendí que esas melodías de un mundo pasado me ayudaron a comprender esa Cuba sensual que en aquellos mismos momentos estaban tirando al olvido. 
 
Le debo las horas interminables de los programas de radio que entraban en la casa para que pudiéramos escuchar el sonido de otras geografías, lugares exóticos en los que El mastín de los Baskerville aullaba a las nueve de la noche para aterrorizarnos. Esas palabras pronunciadas con todas sus letras que me nos educó el oído en la ruralidad cubana nada tiene que ver con la urgencia atropellada del verbo citadino.
Siento que esa distancia con la realidad urbana politizada me permitió vivir una Cuba que ya había desaparecido en la ciudad y apropiarme de un lenguaje que luego pude utilizar en mis obras me dio la libertad de llamar al pan pan y al vino vino sin pensar en consecuencias.  
 
Creo que la muerte programada de nuestro español insular fue la primera masacre que perpetró el nuevo régimen comunista.
 
Todos los Camilo que he sido desde que cumplí 20 años, le deben muchas cosas a lo que viví y aprendí en la Escuela de Arte de Cubanacán. ¿De todas las enseñanzas que recibiste allí, cuáles te han sido más útiles, que es lo que más agradeces hoy de aquel bosque sembrado de cúpulas?
 
Agradezco una gran enseñanza: el hecho de descubrir y afirmar quien soy, y agregaré una segunda: que puedo ser concretamente el dueño de mi destino, al menos como intelectual. Mi moral no puede ser dictada desde el exterior, y el guión de mi vida prefiero escribirlo yo. 
 
Había muchas cosas que quería aprender y que la escuela nunca me enseñó, pero la escuela hay que entenderla como un espacio físico y temporal que nos permite descubrir, discrepar, confrontar ideas, dudas, criticar mucho, reírnos, relativizar y hacernos adultos en medio de un ambiente de irresponsable libertad que no existía en otras escuelas cubanas en aquel momento. 
 
Lo que la escuela no me podía ofrecer lo busqué por otras vías, con personas ajenas a la institución. El artista busca sus propias conexiones. La formación que allí se impartía no era la que yo esperaba. Abundaba la incompetencia, la aproximación, el conformismo, la falta de medios… 
 
Pero yo siempre he mirado para el lado luminoso de la realidad. Tuve el privilegio de tener algunos profesores que permitieron a mi escritura desplegarse sin tropiezos, que dejaron a mi imaginación expresarse sin censura. Eso es lo que más agradezco quizás, que esos profesores me dejaran ser yo mismo.
 
Muchas veces me he hecho esta pregunta y me la he contestado de muchas maneras diferentes. Como confío tanto en tu agudeza, sospecho que mi próxima respuesta se parecerá a la que tú des ahora. ¿Cómo sería Joel Cano hoy, de haberse quedado en Cuba?
 
Sería seguramente un exiliado interior por voluntad propia, contemplando de nuevo los lugares que me formaron moralmente, desintoxicándome de todo tipo de ideología colectiva, trabajando en el campo, o quizás simplemente me hubiera suicidado de una manera mucho más racional y concreta porque no entiendo la muerte como el punto final de un destino, sino como una liberación, como algo de lo cual también podemos ser dueños en ciertas circunstancias. 
No creo que pudiera estar haciendo teatro porque los compromisos ideológicos y económicos serían demasiados para que el teatro me diera alguna satisfacción espiritual. A lo mejor estaría escribiendo obras a las que nadie tendría acceso, en mi casa en el campo, lejos de toda la frivolidad habanera.
 
Ya una vez me fui a la provincia sediento de libertad y de esperanza en el arte, pero los obstáculos de la realidad administrativa pudieron más que mi optimismo juvenil.  Como voy a Cuba con regularidad, sé que muy poco del arte que se hace allí me estremece. La superficialidad ha invadido los escenarios al punto de que extraño muchas de las malas obras que se hacían en los ochenta porque al menos en esa época una suerte de esperanza ingenua animaba la creación de los jóvenes. 
 
Justamente parecería que hablo como un viejo, pero lo raro es que compartiendo con los jóvenes de la isla siento que soy yo el que duda, el que rabia, el que todavía tiene fe en que el mundo se puede cambiar con la singularidad del arte. Veo en ellos sólo cálculo, mucha falta de compromiso, mucho exhibicionismo en el lugar de la transgresión. Como me dijo una amiga actriz que todavía trabaja allí: “Ahora todos son extrovertidos”. Se desnudan fácilmente en escena, pero nunca logramos ver una sola parcela de sus corazones.
 
Nunca me fascinó el poder ni en la sociedad ni en el teatro. Fundé y dirigí varios grupos porque mis amigos actores siempre me pusieron en el papel de líder por cuestiones de conocimientos técnicos y de cultura general. Del arte me interesa la construcción intelectual y cómo un proceso de pensamiento se estructura. Te diría que el arte es una forma más compleja y hermosa que la filosofía porque es una filosofía que incluye a la estética como vehículo. 
 
Y como el poder nunca me ha interesado pienso que de haberme quedado en Cuba estuviera contemplando desde lejos todo ese proceso lento, demoledor, constante, de destrucción de una identidad cultural, de nuestro idioma… Hoy estuviera analizando cómo encontrar la manera de convencer a los demás de que la verdadera lucha contra la violencia se hace desde la más completa indiferencia. 
 
Es lo que he sido siempre: un indiferente con razones para serlo. 
 
Raquel Revuelta nunca criticó la calidad de mis obras, pero no compartía lo que ella consideraba el nihilismo fundamental que las atravesaba. Desde su ideología marxista, ella necesitaba catalogar mi desacuerdo con la sociedad que su generación había ayudado a construir para no mirar de frente la hecatombe social que había provocado. 
 
Yo, por el contrario, pienso que me animaba una fe profunda en que Cuba puede ser un país mejor del que nos han propuesto hasta ahora. Yo estaría refugiado como siempre en la poesía, que es para mí el territorio de los indiferentes. De esos que son capaces de dar la espalda a los discursos y a las manifestaciones multitudinarias que nutren a los políticos. Frente al egocentrismo de estos, considero siempre puse mi total desconocimiento de sus personas. La ideología sólo prospera en las urbes donde el hombre depende de una estructura social para alimentarse. Trataría de vivir allí enajenadamente, como un asceta.
 
 ¿Qué le agradeces al desarraigo? Desde que te conozco eres un gran disruptor (no encuentro una palabra más exacta en español). Ahora, que vivimos en una época de grandes disrupciones, ¿qué mundo prefiere Joel Cano, el que había que cambiar a empujones o el que nos empuja a cambiar?
 
El desarraigo es mucho más una creencia que una realidad. Depende de la visión que tengamos de nosotros mismos y de hasta qué punto nuestra decisión de alejarnos ha sido brusca o largamente pensada. El estar lejos del país físico que nos vio nacer puede ser un eterno sufrimiento, o una liberación. 
 
Cuando me fui sabía muy bien que lo hacía sobre todo para aprender, para enriquecer mi cultura personal y mi escritura. Cuba ya no podía saciar mi sed de conocimiento. Hay quien se va por cuestiones políticas, otros para vestir a la moda, otros pensando convertirse en millonarios, y otros simplemente para comer… otros, como yo, para salvar lo que son, lo cual incluye lo político y la profundamente existencial. 
 
Somos el producto de una circunstancia, y nos vamos cargando con ella y lo que hacemos con esa carga define nuestra vida futura. Yo seré para siempre un escritor cubano de fines del siglo XX y comienzos de XXI, pero también decidí ser un artista francés, con todo lo que eso implica de disciplina, de entrega, de apertura intelectual, de renunciamientos, de aprendizaje, de zozobra, de crecimiento… 
 
Vivir es una fiesta de aprendizajes. Siempre quise conocer el mundo que atisbaba en los libros, ver de cerca las realidades que habían engendrado palabras como «nieve», «petirrojo», «abedul», «ventisca», y tantas otras. Me fui para seguir puliendo mis sentidos, eso es lo que me guía. Tú has recreado en tu loma dominicana una Cuba natural llena de árboles y de pájaros, y de música para escuchar y oler, y ver y sentir el país natal a pesar de la distancia con la Cuba en que naciste. 
 
Yo, por el contrario, he ido hacia el lado opuesto y he reconstruido un viejo castillo en el campo francés con su huerta y sus jardines geométricos, respetando y estudiando estilos y documentos del siglo XIX. Pero de alguna manera sigo viviendo al igual que tú, en el mundo de mi infancia, en aquella finca en la que se comía lo que cultivábamos y en la que recibíamos y dábamos de comer a todo el mundo. 
 
Digamos que soy profundamente cubano aunque esté en el polo norte, pero teniendo en cuenta la cubanía curiosa que mira hacia afuera también. Si consideramos que somos una planta y que necesitamos tierra para crecer, entonces al desarraigo le agradezco la confirmación de que el mundo es como un largo pasillo lleno de puertas y que la puerta de tu sabiduría a veces no es la que pensabas, un día encuentras la cerradura para la cual estás hecho y entonces puedes empezar a ser tú mismo. 
 
No sabría elegir qué mundo cambiar, porque el mundo también nos cambia a pesar de nuestra propia moral. Sigo creyendo que el mundo se puede mejorar, que hay cosas que merecen ser rescatadas, conservadas y otras que es mejor dejar atrás. Lo que nos empuja a cambiar es nuestra propia dialéctica en diálogo permanente con la realidad. Esto supone una duda perpetua, un ponerse siempre al borde del abismo. 
 
Partiendo de esto, elijo el mundo que nos empuja a sorprendernos. Cuba es un territorio que sólo te puede proponer adaptación, y la adaptación desarrolla nuestra inteligencia animal. Todo es inmediatez. Muchos ven esta adaptación perpetua del cubano como creatividad, pero yo la considero como Desnoes “puro subdesarrollo”. Estado de animalidad. 
 
La estrategia del comunismo que consiste a tenernos siempre en el espacio de la dependencia material e ideológica hace de nosotros unos animales amaestrados. Fuera de Cuba necesitamos adaptarnos, pero tenemos un horizonte espiritual. En Cuba lo tenía también, por supuesto, ese horizonte era un cambio de sistema no sólo político, sino también cultural. 
 
Siempre he querido que la gente sobrepase sus orígenes raciales, económicos, políticos para que nos encontremos en el verdadero territorio común de la vida espiritual. Pero con hambre y necesidad perpetuas y gente a tu alrededor sólo preocupada por comer no se puede tener combustible para animar la maquinaria del pensamiento crítico ni el de la creatividad. 
 
Lo que realmente terminó decidiéndome a partir era no poder encontrar un grupo de intelectuales o artistas con los cuales no sólo ejercitar las neuronas hablando sobre el arte, sino también de un cambio real. La mayoría de los artistas que conozco sólo desean para Cuba un socialismo despojado de corrupción, o un comunismo al estilo chino: prosperidad económica con un control férreo de las libertades individuales. 
 
Los esquemas de dependencia creados por el paternalismo de Estado son hondos y me desconsuelo viendo la bipolaridad de los contestatarios cubanos, que por un lado quieren reformas libertad de expresión sin cambio político y al mismo tiempo culpan de todos los males del país al capitalismo y al bloqueo americanos.
 
El desafío para el mundo de hoy no es otro que el de lograr dejar atrás los nuevos tribalismos creados por las ideologías de las «identidades», que son las nuevas oposiciones fabricadas por la izquierda monetaria internacional. Los intelectuales, en su gran mayoría los verdaderos reaccionarios contemporáneos, están contribuyendo más que nunca a dividir opiniones en aras de seguir creando moralismo aplicado a las decisiones políticas. 
 
Nunca antes en aras de la igualdad se ha sido tan diverso, singular, excluyente. Nadie quiere ya ser sólo un ser humano. Lo íntimo ha desaparecido en aras de una transparencia pornográfica que se presenta como auténtica por su simple exhibicionismo. Como si mostrando el corazón abierto y latiendo pudiéramos ver el alma que lo anima. 
 
Si me pidieras qué literatura es hoy un reflejo de nuestro tiempo te diría que estamos ciertamente de nuevo frente al desafío del héroe romántico, que veía desaparecer su mundo frente a la llegada de la revolución industrial. Hoy nos enfrentamos a una escaramuza moralista. 
 
Poco a poco se perfila tras las bambalinas una dictadura mundial, quizás una revolución post burguesa, esa que será la revancha de las minorías a las que la izquierda levanta como los cuerpos asesinados por el capitalismo para desatar la compasión de la opinión pública. 
 
Si fuera a escribir una obra que resumiera esto, tendría que situar la acción en una oficina en la que están creando una estrategia para vendernos un producto industrial con argumentos ecológicos y de respeto hacia los obreros del tercer mundo que los fabrican. 
 
Esa utopía del post burgués empresario, que se convence a sí mismo de que no es como el capitalista de al lado que sólo busca enriquecerse. El post contestario cubano contemporáneo es igual, está convencido de que para que su causa sea creíble y justa tiene que criticar al imperialismo yanqui, como si los abusos del régimen comunista no fueran suficientes razones para cambiar. 
 
No se da cuenta de que su crítica al capitalismo valida el experimento totalitario en el que viven y le siguen dando armas conceptuales, para una opresión cada vez más sofisticada. La obra pudiera también transcurrir en un laboratorio en el cual se busca una vacuna contra un virus para lograr con ella controlar la pulsión humana de la libertad.
 
La escritura es un proceso de purificación conceptual, por eso es tan difícil escribir por escribir como hacen muchas «Cuquita la mecanógrafa» que conozco. 
 
La actual crisis sanitaria mundial (fabricada o no) perfila un futuro dominado por el control, una suerte de capitalismo transgénico, que integra a sus mecanismos de mercado las armas represivas hacia el individuo desarrolladas durante un siglo por un comunismo brutal.
 
Yo como escritor sigo siendo una semilla llena de defectos que no soporta la falta de libertad.