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POSTS Y REACCIONES

Cada quien tiene el muro de Facebook que se merece



Entablé amistad virtual con Fermín Gabor, el nombre con el que Antonio José Ponte soltó su lengua. Desde entonces, no paro de disfrutar y divertirme, mientras no quedan títeres con cabezas en el retablo de eso que llamamos cultura cubana. 



Camilo Venegas / Actualizado 18 abril 2020

Cada quien tiene el muro de Facebook que se merece, porque está hecho con los contenidos que producen sus amigos. Puedo asegurar sin temor alguno a equivocarme (nací y crecí en el absolutismo, si de algo sé es de eso), que el mío es una de las mejores publicaciones culturales que existen.
 
No tengo que salir de mi muro para leer algunas de las prosas de mayor calidad que se puedan encontrar en nuestra lengua. Los posts y las reacciones de Enrique del Risco, Ramón Fernández-Larrea, Néstor Díaz de Villegas, José M. Fernández Pequeño, Mabel Cuesta o Renay Chinea, por solo citar a los que más leí ayer, son un lujo que no se pueden dar muchos medios hoy.
 
Como si todo eso fuera poco, hace unas semanas entablé amistad virtual con Fermín Gabor, el nombre con el que Antonio José Ponte soltó su lengua (y la de su asociado). Desde entonces, no puedo parar de disfrutar y divertirme, mientras no quedan títeres con cabezas en el retablo de eso que llamamos cultura cubana. 
 
Ponte siempre se resistió a tener una cuenta de Facebook con su nombre, pero accedió a entrar en la red social como Fermín Gabor, de quien no se ha tenido más noticias desde que publicara sus lapidarias colaboraciones en La Habana Elegante, las cuales han sido compiladas por la editorial Renacimiento, seguidas de un Diccionario de La Lengua Suelta escrito por su socio.
 
La protesta de los títeres sin cabezas no se ha hecho esperar. El resurgir de los textos de Gabor y los nuevos aportes de Ponte, que le dan seguimiento y actualidad a los filtrados hasta el 2010, tienen al grito (expresión dominicana que me encanta) a la oficialidad de la isla (no me refiero a militares sino a escritores y artistas). 
 
Tan poco acostumbrados están a la pluralidad y tan cómodos se sienten en su autoengaño, que no son capaces de tolerar que alguien al fin llame a las cosas por su nombre. Los ataques a Gabor han venido de muchas partes de la geografía nacional. Solo las limitaciones impuestas por la pandemia han impedido el acto de repudio (o de susurros).
 
Un poeta municipal, dedicado desde hace años a la cursilería y el autoauxilio (que es la versión cubana de la autoayuda), fue uno de los primeros en reaccionar. “Algo de tan mal gusto no debería divulgarse”, dijo. Su mentalidad de divulgador provincial, tan habituado a la censura y la autocensura, lo traicionó.
 
Otros han advertido que eso es tentar al karma. Han acusado a las composiciones de Gabor y Ponte (herederos de Piloto y Vera) de chancleteo, chanchullo, chapucerías, chismes, choteos, chusmerías… Están a punto de agotar los oprobios que aparecen en la Ch (a propósito de diccionarios).
 
Un amigo que fue a La Habana, tuvo una larga conversación con un director teatral. “Yo sé hasta dónde pueden llegar ellos y ellos saben hasta dónde puedo llegar yo”, dijo refiriéndose al acuerdo tácito de los creadores con la dictadura y a esa raya que nadie se atreve a pisar.
 
Lo que los tiene desesperados ahora es que con Fermín Gabor las cosas ni se suponen ni se sobreentienden. Son o no son. Los títeres, aun sin cabezas, pueden mantener los movimientos por el retablo si alguien les mete una mano por debajo. Pero son incapaces de tener voluntad hasta para algo tan sencillo como llamar a las cosas por su nombre.
Además de que no pueden, los aterra.