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GOLF Y GOLFERÍA

Un desahogado sindicalista gasta 80.000 dólares en golf



Se trata del jefe, cesado en noviembre, del sindicato más importante del Automóvil (UAB) en Estados Unidos. Visto esto y los nuevos socios en algún club, es claro que ya no se puede poner puertas al campo…de golf



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 3 enero 2020

Estábamos en la sobremesa. Habíamos jugado una pachanga familiar, que casualmente no gané. Nos habíamos quedado a comer en el restaurante del Club. Como es costumbre en mi familia, el que pierde paga. Así que mi humor en aquella mesa no era el del señor de Mollerusa (Lérida) que por una minucia de inversión de 7.200 euros ganó 18 millones del Gordo.

Mi ánimo estaba hecho unos zorros, si me permiten la expresión, y no sólo por perder al golf, sino porque el que ganó es el ganso de mi primo Gonzalo: inexplicablemente hizo -4 ganándome a mí, a su millonaria esposa Tricy y a la más bella de las socias del Club, mi prima Margarita. Las dos mujeres se lo tomaron muy deportivamente. Claro que ellas no tenían que pagar.

Yo era incapaz de explicarme el día que le salió a mi ecuestre primo: literalmente la metía desde todos los lados y de todas formas: hablando, cantando, al teléfono y sin concentrarse. Y cuando la bola entraba en el hoyo hacía un extraño gesto, como si tirase de unas bridas, acompañándolo de un relincho. Breve y comedido, todo hay que decirlo, pero relincho al fin y al cabo.

Eso estaba fuera de toda etiqueta, pero a su embobada esposa parecía hacerle gracia y cruzaba con el un guiño de, como dicen ahora, complicidad. Tengo para mí, pero carezco de pruebas, que también emitió un breve relincho, cuando yo fallé un corto putt de tres pies en el hoyo 17, que remataba mi derrota. Sí fuera así, eso estaba fuera de toda cortesía y el Comité de Disciplina tendría que actuar. Pero ya les digo que no hay pruebas. La sonrisa de Gonzalo parecía asomar por la comisura de sus labios cuando le mire a una vez terminado el hoyo.

Así que la comida no era para mí cosa de diversión. Y menos cuando la más hermosa de mis primas anunció, Martini en mano, que tía Alicia se uniría a la pandilla a los postres. Hay días que mejor uno no se levanta.

Cuál no sería mi cara de funeral que Margarita, un encanto como siempre, se encargó de poner la pimienta a la conversación. Nos contó que hay una investigación federal en la que se acusa a líderes del principal sindicato estadounidense del  Automóvil (UAB) de  desviar fondos para cosas como una cena de 6.500 dólares, y salidas y equipación de golf por valor de 80.000 dólares.

.- ¿A qué me recuerda esto? – preguntó sarcástica Tricy, nacida Beatriz.
.- No sé… no sé .- bromeaba Gonzalo rascándose la sien y tomando un trozo de tournedó.
.- Me interesa, Margarita – intervine yo -: ¿de dónde has sacado la noticia?
.- De The New York Times.
.- Ese no lo leo yo – anunció Gonzalo antes de meterse más carne en la boca –; yo sólo leo “Ocio Caballo”, “Galope” y “Equisens”.

Margarita, sin inmutarse por culta hemeroteca de mi primo, nos relató el resto de la noticia.

Un tal Gary Jones y algunos otros jefes sindicales despilfarraron un millón de dólares entre 2014 y 2018, no en cursos de reciclaje formativo de obreros de la General Motors (que acaba de perder 3.000 millones de euros por una huelga de 40 días este otoño dirigida por estos golfos desde un campo de Arizona), sino en cosas tan sindicales como soltar de un sólo golpe 13.000 dólares en puros, pegarse el citado homenaje de una cena de 6.500 dólares, de los que 1.760 fueron para el champán, y pegarse la vida padre en una casa de 5.000 euros mensuales en Palm Springs (California).

Y, por supuesto, el golf. Bien mirado, 80.000 dólares en green fees, bolsas, palos, bolas, tees, zapatos y prendas adecuadas para la práctica del golf no es tanto dinero. Casi depende de cuantos sindicalistas equipemos.

Lo escandaloso es lo de siempre: ni el dinero era suyo; ni era para eso; ni se puede predicar austeridad (40 días de huelga en Detroit, sin cobrar y con frío) y no dar trigo, ni golpe…salvo los de golf.

Vestir el cargo es lo que en otros niveles sociales significa noblesse oblige. Pero me parece que allí en EE. UU. y aquí en España los clubs de golf no son fielatos, fronteras que digan quien entra y quien no. Y así nos va, que te cruzas con varones que ni siquiera saben descubrirse para saludar y visten el golf peor que el cargo.

Con billetes por delante, con puestos políticos llovidos de las urnas, se convierten en lo que Don Quijote llamaba “gente descomunal y soberbia” sin respetos por las mínimas.
A los postres llegó tía Alicia y me miró. Me detuve reflexivo a pensar qué cosa mala, aparte del golf, había hecho yo esa mañana.

.- Queridos, como es Navidad, os invito yo – lo dijo y volvió a mirarme de reojo. ¿Cómo sabía la muy bruja que me tocaba pagar?

Por el lado de la mesa que ocupaba mi ecuestre primo Gonzalo, pareció oírse como un relincho, breve y quedo. O quizás me engañó mi imaginación suspicaz.