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FIGURAS DEL EXILIO

Max Beckmann, un pintor alemán en una Alemania confusa



Las formas se resuelven agudas, marcadas por una gruesa línea delimitadora. Los personajes se salen del marco, desestabilizando el lienzo; son seres exagerados, abigarrados, desproporcionados.



Ana María Preckler / Actualizado 17 febrero 2019

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Se expuso en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y se expone desde el 21 de febrero hasta el 26 de mayo se hará en CaixaForum Barcelona (Avenida Francesc Ferrer i Guàrdia,6) Barcelona, una muestra del pintor alemán Max Beckmann (Leipzig, 1884-Nueva York, 1950) de notable interés artístico y social. Una muestra de los cuadros expuestos en el Thyssen puede verse en Internet, www.museothyssen.org, o contemplando su catálogo en la tienda del museo; lo que recomendamos vivamente, por lo desconocido de su obra artística y por ser un pintor que denuncia la sociedad de su tiempo, la situada en las dos grandes Guerras Mundiales y la Entreguerra.

Y ello lo  hace precisamente desde el país que originaría ambas contiendas, relatando la fatalidad de su destino, con Hitler como principal instigador de la Entreguerra y de la Segunda Guerra Mundial, y la consternación de la población alemana sumergida en la contradicción entre el bien y el mal y entre lo apolíneo y lo dionisiaco mito recreado desde Grecia por el filósofo alemán Nietzsche.
       
Uno de los artistas más interesantes de la vanguardia expresionista tardía, el alemán Max Beckmann, educado en la Gran Escuela Ducal de Weimar, comienza su carrera artística dentro de un estilo naturalista-impresionista conforme a los cánones estéticos tradicionales que demandaba la Alemania burguesa de los primeros años del siglo XX.

A la manera de los grandes conversos, después de participar como enfermero en la Primera Guerra Mundial, con las trágicas experiencias vividas en la misma, Beckmann cambia totalmente su estilo artístico y se convierte al expresionismo abandonando el esteticismo de su primer momento para ejecutar una pintura personal no sujeta a más normas que las de su inspiración interior, de significación y hondura filosóficas.
 
En su fase primera, anterior a la contienda, Beckmann se siente influido por la pintura renacentista italiana de Signorelli y Piero de la Francesca, y más cercanamente por los impresionistas alemanes Corinth y Liebermann, y los post-impresionistas franceses Van Gogh y Cézanne, cuyas obras conoce en París, en 1903, época en la que también asiste a la Academia Colarossi en dicha capital.

A continuación se traslada a Berlín donde se relaciona con la Secessión berlinesa, exponiendo en ella en 1908. En esos años conoce a Munch y a Nolde y se interesa por autores como Goethe, Nietzsche y Schopenhauer, lo que sin duda va a ir preparando su gran cambio.
 
Después de su experiencia bélica, Beckmann rompe bruscamente con su impresionismo y esteticismo anterior, haciendo una pintura realista en su contenido, de esencia moralizadora y ética, formalmente expresionista. Los temas se vuelven revulsivos, ácidamente críticos, desagradables y crudos, especialmente aquellos en los que denuncia determinadas lacras o vicios, como el sadismo, la crueldad o la lascivia. Sin embargo, nunca representa escenas bélicas.

Este período de Beckmann enlazaría con el de la Nueva Objetividad, arte alemán realista expresionista desarrollado en la década de los veinte con intencionalidad crítica social.



La característica fundamental de Beckmann, en la que queda plasmada la fuerza de su expresionismo, es la estrechez de composición, lo que Heard Hamilton denomina “la tensión entre forma y espacio”. El autor parece querer introducir en los reducidos límites del cuadro toda la realidad que él percibe, su mordaz manera de entenderla, intentando describirla de modo exhaustivo, amontonado, con cortes insólitos y volúmenes desmesurados.

Las formas se resuelven agudas, marcadas por una gruesa línea delimitadora negra. Los personajes se salen del marco, desestabilizando el lienzo; son seres exagerados, abigarrados, con medidas desproporcionadas y actitudes atípicas, que se muestran extraños, ensimismados, solitarios o por el contrario crueles, sádicos o viciosos. Tanto los interiores como los paisajes aparecen encajonados, superpuestos, con perspectiva irreal y punto de vista muy alto o muy bajo.

Especial relevancia adquieren sus autorretratos, de los que hay catalogados hasta sesenta y seis, en los que se representa a si mismo pensativo, como un “testigo de su época”.
 
Entre algunos de los más destacados cuadros en la exposición citaremos el tríptico El Pricipio, 1946-1949, formato del que el artista realiza hasta nueve, en este resalta su propia infancia, mostrando el amontonamiento de las figuras citado que se hace agobiante y claustrofóbico. Lo mismo ocurre en El largo adiós, 1947, metáfora de la muerte vivida por el pintor tan recientemente en la primera guerra mundial en la que se alistó. En la calle, 1914, Carnaval, 1920, Sociedad París, 1930, Noche en la ciudad, 1950, etc., nos pinta no solo la superposición de sus figuras sino sus temas, casi siempre calles retorcidas, escenas tétricas de la ciudad o de los cabaret, tan de su gusto, o sus numerosos y deformados Autorretratos. T

Todas estas características hacen de Beckmann un pintor esencialmente expresionista aunque independiente y un magnífico critico de su tiempo. También realizó seis esculturas de las que se expusieron dos en las salas del Thyssen.     
 
(Contiene datos de los libros Historia del Arte Universal de los Siglos XIX y XX de Ana Mª Preckler)