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PEQUEÑAS HISTORIAS

José Sacristán en Formentera Lady, y sentimental Trueba con Casi 40



Lucía Jiménez y Fernando Ramallo se reencuentran veinte años después en la sencilla reflexión de Trueba. Pau Durà apuesta por las relaciones paternofiliales.



Rick Blaine / Actualizado 28 junio 2018

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La ópera prima del actor Pau Durá, Formentera Lady cuenta la excéntrica vida de un viejo músico hippie instalado en Formentera, desde principios de los años setenta. No obstante, Durá intenta ir más allá para, además, reflejar el ocaso de toda una época que soñó con la libertad y que en pleno siglo XXI debe volver a la realidad. 

Por mucho que se empeñe, Samuel (José Sacristán) no es ajeno al peso del tiempo y a los achaques. Toda su filosofía de vida, que tantas renuncias le ha costado a lo largo del tiempo, tras la inesperada visita de su hija y de su nieto parece correr el peligro de venirse abajo. Sin previo aviso, Samuel debe quedarse a cargo del niño y por primera vez en muchos años tendrá que salir de su isla.

Ahí es donde empieza a tener problemas: por un lado, porque Samuel "odia pisar el continente” y por otro lado, porque parece impedirle establecer ningún grado de cercanía con nadie.

Y aquí es donde se llega al tema principal de la película, que no es otro que el de la responsabilidad. Samuel ha decidido abandonarse a la filosofía hippie, como excusa para no responsabilizarse de nada y de nadie. Ni ha sido capaz de vivir en familia, ni tampoco ha podido después relacionarse con las mujeres de una forma saludable.

Como consecuencia este setentón se ha convertido en una especie de Peter Pan, eso sí, tremendamente solitario. Formentera Lady es una cinta sencilla, sin grandes aspiraciones, en la que las imágenes dicen más que las palabras. 



Desde que ganó 6 Goyas en 2013 con la maravillosa Vivir es fácil con los ojos cerrados David Trueba no dirigia una película, sin contar alguna serie de tv como Un lugar llamado mundo o Qué fue de Jorge Sanz, vuelve ahora con un film modesto y reuniendo otra vez a los dos protagonistas de su ópera prima La buena vida en 1996.

Así, presenta Casi 40, donde cuenta una historia de amor que pudo haber sido y no fue. Los dos protagonistas, Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, estuvieron enamorados en la adolescencia pero tuvieron vidas separadas, ella llegó a ser cantante de éxito, pero sacrificó su carrera para tener dos hijos, el siempre ha vivido con el recuerdo de ella y ahora intenta relanzarla como cantante con una gira muy pequeña por librerías y pequeños bares.

Ese viaje con fecha de caducidad permite a Trueba mostrar la cercanía que hay entre ambos, oponer su evolución vital, recordar en situaciones puntuales y desviarse lo mínimo posible el uno del otro. 

Ramallo y Jiménez saben reflejar con soltura las situaciones de los personajes y nunca se dejan llevar por ninguno de los elementos que los definen. Ahí sí que Trueba los ata muy bien para conseguir exactamente lo que busca de ellos, y es por ahí por donde conseguirá conquistar al espectador.