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DISTURBIOS RACIALES

La auténtica crudeza de Kathryn Bigelow en la elevada tensión de Detroit



Bigelow entrega su mejor película con Detroit, un thriller dramático angustioso inspirado en los fatídicos hechos reales que marcaron un antes y un después allá por 1967.



Rick Blaine / Actualizado 15 septiembre 2017

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Hace unos cincuenta años de los violentos raciales que sacudieron la ciudad de Detroit, en el estado de Michigan, en julio de 1967; que convirtieron la ciudad en una zona de guerra, con 43 muertos, más de 2.000 heridos y 7.000 detenidos. Se trata de una de las revueltas raciales más violentas de la historia.

Ahora la oscarizada realizadora Kathryn Bigelow (En tierra hostil, La noche más oscura) llega a los cines con Detroit, una película antirracista basada en un episodio concreto de esas revueltas, una matanza en la que estuvo implicada la policía.

Es un excelente ejercicio de suspense  que eleva la tensión dramática hasta niveles difícilmente soportables y que es una de las mejores películas de la directora que, con los mínimos elementos: una realización claustrofóbica, grandes actores y un fantástico guión, consigue que clavemos las uñas en el asiento de puro suspense, que muchas veces raya en el terror.

Pese a no contar con nombres de primer nivel, el plantel actoral se muestra solvente en todo momento y ayuda al desarrollo argumental aportando una buena dosis de credibilidad y tensión. En cuanto al apartado técnico es de destacar una fotografía correcta e intencionadamente oscura.

El montaje intercala imágenes de archivo, lo que ayuda a imbuirnos en el caótico ambiente callejero estadounidense de 1967, pero sin resultar estas imágenes excesivas, dosificación que logra que la película no se decante por el mero documental. 

Kathryn Bigelow estructura la película en tres partes claramente diferenciadas. Primero cuenta los antecedentes de esa tragedia: cómo la fiesta que celebraba el regreso de dos aframericanos de la guerra del Vietnam, la noche del 23 de julio, fue interrumpida por una redada de la policía que se llevó a 82 afroamericanos detenidos, lo que culminó en una violenta revuelta racial.

La segunda parte es una hora totalmente angustiosa, en tiempo real, que narra el asalto del hotel Algiers, dos noches después, por parte de los cuerpos de seguridad del Estado; y cómo lo que iba a ser la detención de varios sospechosos afroamericanos se convirtió en un infierno, debido a los sentimientos antirracistas. En este caso el terror tiene color: los monstruos son blancos.

La tercera parte, en la que se narran las consecuencias de esos terroríficos actos, termina de cabrearnos con la gente que es capaz de tales crímenes contra otros que, simplemente, tienen un color distinto de piel.  Y con las leyes y el sistema corrupto que los amparan.