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¿TODOS SOMOS LUTERANOS?

500 años de la rebelión de Lutero, una reflexión necesaria en 2017



En el siglo XXI, el mundo parece que vuelve a estar dividido entre el hemisferio capitalista, racionalista y tecnológico, y el de la contrarreforma religiosa (sobre todo islamista), ultraconservadora y dogmática.



Germán Loewe / Actualizado 17 diciembre 2016

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Martín Lutero, monje agustino alemán.

Vivió a caballo de los siglos XV y XVI. Fue el iniciador e impulsor de la llamada Reforma Protestante, que comenzó en los estados alemanes de entonces y luego se fue extendiendo por el norte de Europa y Escocia, de la mano también de otros reformadores (Calvino, Ulrico Zwinglio), filoluteranos y más radicales que Lutero. Más tarde, las oleadas migratorias hacia Norteamérica propagaron las confesiones protestantes (dando origen a múltiples ramas nuevas) por todo el territorio de los Estados Unidos.

En el año 2017 se cumplen 500 años desde aquel día histórico en la ciudad alemana de Wittenberg, cuando Lutero clavó en la puerta de la iglesia sus famosas 95 Tesis contra la venta de indulgencias en la Iglesia (para financiar la construcción de la Basílica de San Pedro). Aquel hecho dio, pues, comienzo a la Reforma.

Esa reforma era eminentemente religiosa y pretendía ser un revulsivo para reactivar la fe cristiana, para ensalzar la espiritualidad frente al mercantilismo y las corruptelas de la Iglesia de Roma. Pero además Lutero era un pensador de gran talla intelectual. Su formación patrística y agustiniana le sirvió también para diseccionar la doctrina católica y construir su propia visión teológica, atentando contra todo el entramado romano, hecho de dogmas inamovibles e interpretaciones teológicas incontestables. Un aluvión de 15 siglos.

La historia es conocida: Lutero fue excomulgado, la Reforma originó la Contrarreforma, capitaneada por el emperador Carlos V y cuyos efectos aún nos alcanzan en el siglo XXI.

Lutero tradujo la Biblia al alemán. No sé si se acercó más o menos a la verdad cristiana en su interpretación, pero lo cierto es que su trabajo sirvió para dar forma definitiva a la lengua alemana y prestó así un servicio extraordinario a la cultura.

El reformador se movía únicamente en su mundo de religiosidad cristiana. No pretendió más que depurar y revitalizar el mensaje de Cristo.

No quiso salir de ese ámbito, ni extender sus principios reformistas a la vida civil o a la organización de la sociedad de su tiempo. Pero aquella revolución religiosa se extendió por Europa como una mancha de aceite que iba invadiendo e impregnando a su paso también todas las facetas de la vida social, las costumbres, el modo de vivir, el pensamiento.

La rebelión luterana prendió una mecha efervescente dentro de la anquilosada sociedad europea de entonces, todavía anclada en el oscurantismo medieval y totalmente poseída y dominada por la Iglesia. De repente irrumpe el pensamiento crítico en el universo del pensamiento único.

Lutero quiso reformar la Iglesia, pero sin salirse de ella. Luego eso no fue posible y acabó fundando una iglesia nueva. Pero los efectos de su reforma trascendieron ampliamente lo religioso, mucho más allá de su voluntad y hasta nuestros días.

El pensamiento crítico fue el detonante, el catalizador. Y lo fue tanto por cuestionar muchos axiomas religiosos, como por pasar progresivamente a cuestionar axiomas científicos, políticos, sociales y hasta la propia religión y la existencia de Dios. Se empezaron a romper todas las ataduras intelectuales y al mismo tiempo el Renacimiento, con su mirada puesta de nuevo en el mundo clásico grecorromano, marcó el inicio de la modernidad.

Si analizamos el devenir histórico de la llamada civilización occidental, si observamos cuáles han sido los rasgos constitutivos que la han hecho posible, nos tropezamos enseguida con una impronta de origen luterano, fuertemente amalgamada con la eclosión artística e intelectual que aportó el Humanismo renacentista. En efecto el capitalismo, que para bien y para mal es el sistema económico-social dominante en Europa, América y Asia, tiene su origen en la revolución protestante, cuando ésta liberaliza la rígida concepción católica que sataniza los intereses por usureros.

El protestantismo también exalta valores que, aunque ya presentes en el mundo católico, los refuerza y convierte en cualidades esenciales que debe tener un cristiano. Así el sentido del deber, el amor al trabajo, el espíritu ahorrador y austero, la racionalidad, el cultivo de la lectura y la afición musical entre otras, conforman en buena medida el prototipo luterano, además del control de afectos y emociones, que habría que catalogar como aspecto negativo. En definitiva podemos concluir que son estos rasgos los que han determinado, con sus luces y sus sombras, el desarrollo del mundo actual, más allá de cualesquiera confesiones religiosas.

Esta “Weltanschauung” (manera de ver el mundo) que propició el protestantismo ha sido tan poderosa y determinante, que ha acabado por penetrar también el ámbito de los países tradicionalmente católicos, incapaces de resistirse a la cultura moderna del hedonismo, la ambición económica, el racionalismo y la investigación científica.

Y en el campo político y social, la Ilustración del siglo XVIII y las posteriores democracias parlamentarias seguramente no habrían sido posibles sin el sustrato ideológico que trajo la marea protestante, después de soltar más adelante parte del lastre religioso y al decantarse en ella el racionalismo humanista que se abría paso en Europa.

Hoy, en el siglo XXI, el mundo parece que vuelve a estar dividido entre el hemisferio capitalista, racionalista y tecnológico, y el hemisferio de la “contrarreforma” religiosa (sobre todo islamista), ultraconservadora y dogmática. La tensión entre ambos hemisferios es evidente, pero las causas son muchas veces de origen económico-social, más que religioso.

En todo caso los que habitamos el hemisferio capitalista y tecnológico no deberíamos pasar por alto la conmemoración protestante en el 2017.

Porque todos nosotros también somos en cierto modo “luteranos”.