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UN PRIVILEGIO

Responso en sol mayor; ahora que ya estás fuera del tiempo



Sé que te hubiera gustado despedirte, pero no has sabido o no has podido. Como todo el mundo, creías que este momento no llegaría nunca, que eso era cosa de los demás.



Germán Loewe / Actualizado 12 marzo 2016

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Sé que te hubiera gustado despedirte, pero no has sabido o no has podido. Como todo el mundo, creías que este momento no llegaría nunca, que eso era cosa de los demás. De tus hermanos menores, que ya se fueron hace años, o de tus amigos o de tus amores. Pero nunca de ti.

El mecanismo defensivo, inducido por el instinto de conservación, también actuaba en ti, hasta el último aliento de lucidez. Muchas veces pienso que cuando se vive tanto como tú has vivido, la sensación de soledad, de ser “el último de Filipinas” que está ya de más en este mundo, tiene que ser tan potente, como para desear dejarlo de una vez y quedarse dormido definitivamente. Pero no funciona así, salvo excepciones. Querías vivir pese a todo. Y no sólo porque no acababas de tener claro lo que viene después. No sólo por eso, que también.

A lo mejor debo ser yo quien se despida de ti, aunque no me escuches ya en este mundo. Pero sé que me escucharás, ahora que tu espíritu ha regresado al origen. Y comprenderás que lo que llamamos vida aquí no es más que una chispa en el binomio espacio-tiempo, que cierra un círculo que se reencuentra con su origen y así hasta el infinito.

En medio de todo esto queda probablemente lo que has hecho en tu vida, lo que has amado y lo que has construido. Creo que todos dejamos algo que no se diluye con la muerte. Ese algo puede tener mayor o menor dimensión, pero en todo caso es como un mensaje que permanece adherido a nuestra mente mientras estamos aquí y quién sabe si pervive luego, como pervive una obra de arte.

Es como una composición musical, que se perpetúa en nuestro cerebro y seguimos oyendo aunque nadie la interprete. En tu caso seguiré oyendo tu voz fuerte y rotunda, oiré sin desmayo la fuerza de tu personalidad, de tu voluntad indomable, de tus grandes aciertos y tus grandes errores, de tu carácter cerebral y romántico a la vez. Escucharé la música de una vida llena de contradicciones y llena de grandeza.

Dentro de la pequeña historia humana de nuestra familia ocupas ya un sitial destacado. Dentro de la otra historia, la de la empresa que fundó tu abuelo y la del país en que naciste y trabajaste, también has dejado la huella de tu protagonismo indiscutible.

Ahora que estás ya fuera del tiempo, me gustaría recomendarte que escucharas a Bach. Pero no en un CD o en una sala de conciertos. No. A Bach en persona, al maestro de maestros dirigiendo su Concierto de Brandemburgo nº 3 en sol mayor.

La muerte debería permitirte este privilegio.

Irías al Café Zimmermann en la Katharinenstrasse nº 14 de Leipzig, en una lluviosa tarde de 1730. Allí, sentado con una taza de manzanilla en una sala del “Kaffeehaus” más famoso entonces de Alemania, verías al “Collegium Musicum” dirigido por Bach y oyendo su música quizá comprenderías que el arte supera siempre a la muerte y nos acerca al goce casi absoluto.

Te veo allí sentado, en el Café Zimmermann, escuchando aquella música y entonces espero que por fin hayas encontrado el sentido del misterio que tanto habías buscado.