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PEQUEÑOS Y EGOCÉNTRICOS

El infinito y la sensibilidad de Chuck Norris



Me emociono con un libro cuyo texto está escrito en tres idiomas de los que solo entiendo un poco de uno, pero no importa, porque es, sobre todo, un libro para ver.



Guillermo García Jiménez / Actualizado 3 diciembre 2015

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Nunca he entendido el arte abstracto; me parece algo que decora pero no emociona, o por lo menos a mí no.
Me emocionan los pintarrajos de mis hijos porque de los hijos emociona todo y porque surgen de la inocencia, cuyo código secreto sólo los padres pueden descifrar y valorar.

Puedo sonreír con Warhol pero no me emociona Miró; será cuestión de sensibilidad y con el arte moderno soy Chuck Norris.
Cada uno tiene sus rarezas: me emociono con Olvidado rey Gudú, con Mortal y rosa o con la poesía de Salinas y Santiago Castelo. Me ocurre en muchas ocasiones con la música y, no me pregunten por qué, viendo bailar a la niña de los videos de SIA.

 
Y ahora me emociono también con un libro cuyo texto está escrito en tres idiomas de los que solo entiendo un poco de uno, pero no importa, porque es, sobre todo, un libro para ver y no para leer y cuyas fotos sobrecogen de tal manera que se corre serio peligro de padecer el Síndrome de Stendhal. Me refiero a Expanding Universe. Photographs from the Hubble Space Telescope, de la editorial Taschen.
 
Pasando su páginas observas el origen de la belleza y quizás su fin. Piensas en la vida que se intuye en brillos, puntos y anillos lejanos. Reflexionas sobre la muerte, la angustia de la ausencia que se diluye en los colores de una descomunal soledad. Y me emociono pensando en si lo que veo fotografiado es el cielo bíblico y que tal vez lo más hermoso sea acabar formando parte invisible de tanto arte primigenio, de tanta inmensidad.

Como en un Baby Einstein para adultos, solo atisbamos inmensas formas y pigmentos y quedamos embobados.
¿Big Bang? El gran puñetazo que hizo estallar el caos en el momento justo.

Garabatos, explosiones y puntos de luz, pesadillas de agujeros negros, espirales de gases, plastilina interestelar con formas caprichosas y de todos los matices, galaxias que vemos y ya no existen y otras que nacen y nunca veremos. La juventud y la vejez es solo anécdota en el cosmos. El presente es el pasado del futuro y la misteriosa materia oscura, que lo devora todo, ajena al tiempo.

Nuestro origen y nuestro destino, infinidad de mundos o infinidad de nada. Si ese fuera nuestro paraíso ¿cómo podremos encontrarnos con nuestros seres queridos en lo interminable?

Un edén inagotable, sin tiempo, un abrazo de paz, un bebé en el vientre de su madre. Un juego con reglas estrictamente anárquicas.

El secreto está en mirar el universo con ojos de niño, que es como se debe mirar todo lo transcendental o toda la ciencia: con más preguntas que respuestas y con solemne inocencia.
Sobre  todas estas cosas pueden divagar o simplemente pueden admirar un excelente trabajo fotográfico con estructuras y colores de una perfección turbadora; incluso pueden leer los interesantes textos que completan un libro precioso con  increíbles imágenes y desplegables para viajar, pensar y soñar.

Y nosotros, tan pequeños, tan egocéntricos, mirando tan poco al cielo.