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LECTURA INVERNAL

El día que encontré el manuscrito "Tribus del Golf". ¿A cuál pertenece usted?



Aquel conjunto de folios ofrecía capítulos con títulos sugerentes como: "Del Tramposo Irredento (Inpoenitens fraudator)"; o "Del Mirlo Blanco (Merula alba)".



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 30 noviembre 2015

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Eran las cinco menos cinco de una fría tarde de este otoño cuando toqué el timbre de la señorial residencia de mi tía Alicia. Mi vieja pariente había mandado recado a mi apartamento con uno de sus jóvenes criados. (Paréntesis: tía Alicia emplea este anticuado modo de comunicación cuando va hacer una de las suyas; el Whatsapp sólo lo emplea en súbitos arrebatos de ira o de entusiasmo; y de estos últimos no se recuerda cuando fue el último).
 
Mientras yo abría el sobre el digno criado mocoso permanecía en posición de firmes.
.- La Señora espera respuesta – dijo con voz aparentemente indiferente. Pero me pareció que en aquel rostro pecoso brillaba una oculta burla, como el secreto gozo de ser portador de mensajes de la “bruja”, si me entienden: parecía disfrutar viendo la cara de angustia de las víctimas de su patrona.
 
Desde pequeños nos educan en mi estirpe a no exhibir ante la servidumbre, propia o ajena, ninguno signo de disgusto o malestar, y menos los que tienen origen en otros parientes. Así que puse la cara de jueves de un jugador de dominó con fichas para un cierre eléctrico y leí para mis adentros el mensaje: “Querido sobrino: te espero mañana a las cinco en punto para tomar el té. Besos. Tía Alicia”.
 
Para no dar motivo de jolgorio al mozo, no moví un músculo de los que hay entre la frente y la barbilla, pero algo del tamaño de dos bolas de golf se atoró a la altura de mi nuez, restando aire a mi respuesta:
.- Diga a la Señora, que acudiré encantado y puntual a la cita -, respondí con el hilo de voz que pudo atravesar angosto espacio entre las bolas de golf y mi nuez.
.- Muy bien, señor – asintió el mozalbete y se alejó silbando el tema principal de La Muerte tenía un precio de Ennio Morricone.
 
Aquella tarde y parte de la noche repasé mi conducta para ver si algo de ella habría puesto en peligro mi herencia…, perdón, quería decir si habría disgustado a mi vieja pariente.
 
Descontados los incidentes en el Club de Golf con los chistes, vasos y panecillos volando y esas trivialidades, más un par de trajes encargados en Savile Row a Anderson & Sheppard (uno de ellos con chaqueta double-breasted en preciosa grey flannel), nada apretaba mi conciencia, con lo que dormí el resto de la noche y parte de la mañana.
 
Por eso, cuando Sebastián me abrió la puerta, yo era un mar de satisfacción y fortaleza, dispuesto a enfrentarme a la fiera.
.- Hola Sebas, viejo lobo – como va todo; ¿y ese lumbago?
.- Perfectamente, señor - respondió con la cara de palo con la que nació y me pasó al hall.
.- Tengo cita con la tía. ¿Puede anunciarme, gran viejo lobo?
.- Lo lamento, señor – respondió Sebastián sin mover un músculo de la cara más allá del que se precisa para abrir la boca y hacer audible la letra e. Luego añadió-: la Señora ha tenido que salir un momento y volverá en enseguida: le suplica que espere en la biblioteca .
 
.- Las súplicas de mi tía Alicia son para mí como órdenes del Estado Mayor. – proferí sonriente.
.- Me congratula saber eso, señor. También me ha dicho que le transmita, son palabra textuales de la Señora, que se abstenga de tocar nada de la biblioteca y que se mantenga alejado del mueble bar. –al decir esto último, un de sus colmillos brillo en el oscuro hall, o así me lo pareció a mí.
 
Ya en la espaciosa biblioteca di un largo paseo por los estantes leyendo lomos de libros con las manos en los bolsillos, y procurando alejar mis codos, pies y rodillas de la porcelana, de los jarrones y de los demás obstáculos de frágil apariencia.
 
Cuando llevaba veinte minutos sin noticias de mi tía ni de su cuantiosa servidumbre, me dirigí al mueble bar y me serví un vaso de Midleton Very Rare. Luego, dejé el vaso en un mesita ad hoc y abrí un cajón oculto tras un sofá. Y fue allí, a las cinco y media de la tarde, donde hallé el manuscrito Las tribus del Golf.
 
El volumen y su seguro valor me dejaron sin aire, por lo que tuve que volver al mueble bar y escanciarme otro chorreón de bourbon.
 
Ustedes me entienden. Hay entomólogos clasificando bichos de seis patas; hay museos con los esqueletos de diplodocus, velocirraptores y tiranosaurios rex. Hasta hay gente que se desvive por saber que hacían los egipcios y cómo fue sepultada Nefertiti. Y yo, sólo yo, un hándicap 17, acababa de descubrir el manuscrito de las Tribus del Golf.
 
Tan absorto estaba por el hallazgo que no oí entrar al viejo lobo Sebastián; en realidad nunca se le oye llegar. Di un respingo en mi asiento y escuché.
.- Acaba de llamar la Señora, diciendo que lo siente pero que no podrá llegar en bastante tiempo. También ha dicho que si quiere se sirva una copa y que ya hablarán otro día pues no era urgente.
.- Muchas gracias, Sebastián. Me tomo esa copa y me voy.
.- Perfecto, señor: llame si precisa algo.
 
Abrí El Manuscrito por su primera página y leí.
“Nada en el golf es casual. El golf lo hacen las personas. Las personas tienen la condición de repetir actos con los que forman hábitos y conforman hábitats. Tal condición humana permite, hasta cierto punto, clasificarlos para su estudio. Hasta cierto punto… porque el espíritu del humano es capaz de desbordar toda clasificación. Por eso esta obra pretende humildemente acercar a los estudiosos del comportamiento humano las notas distintivas de lo diferentes grupos de jugadores de golf: son las tribus del golf, esas huestes anónimas que durante los últimos siglos han definido amplias tendencias de la sociedad, la vida y la cultura: ¡tal es su influencia!”.
 
Luego, abrí por una página cualquiera aquel conjunto de folios y leí el título de un capítulo: “Del Tramposo Irredento (Inpoenitens fraudator); o este otro “Del Mirlo Blanco (Merula alba)”.
 
A esta hora, después de romper un par de jarrones chinos en mi precipitada huida de la cueva del dragón, El Manuscrito – y la botella de bourbon - se encuentran a buen recaudo en mi apartamento.
¡Qué tesoro para leer e interpretar en este invierno sin golf en la televisión!