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EDUCACIÓN, TAMBIÉN SE PUEDE

Solidarios en la hierba en el torneo Olazábal & Nadal Invitational



Una de las figuras más bonitas de ver en el deporte es la deportividad, y perdón por la redundancia. La deportividad, en general, no es obvia y, en algunas disciplinas es bastante escasa.



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 24 noviembre 2015

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Hemos visto a profesionales del fútbol revolcarse por el suelo con las manos en la cara y gesto de dolor después de un inocente roce del contrario a la altura de los isquiotibiales. Hemos contemplado horrorizados como un motorista deportivo lanzaba una coz al adversario y luego intentaba justificarlo. Hemos contemplado a un tenista decirle al arbitro que su madre iba a perder la ruta (o algo parecido).
 
En otras especialidades se ven menos malos gestos, es cierto: ni ahogadillas en 100 metros espaldas; ni estocadas en el ojo izquierdo en esgrima; ni cortes de cuerda en escalada de alta montaña. Estos comportamientos tan deportivos le congracian a uno con la Humanidad, ese grupo de bípedos implumes que poseen alma aunque a veces no lo parezca.
 
El golf facilita conductas dignas cuando es practicado por personas íntegras: al fin y al cabo el golf es la única disciplina en la que quien la ejerce es protagonista y árbitro: si un jugador da un golpe al aire sin darle a la bola, comunica a sus compañeros la circunstancia para ser anotada como golpe efectivo en la correspondiente tarjeta. Si otro jugador comete el error de no marcar la bola en el green se anota una penalidad, aunque nadie lo haya visto.
 
Claro que hemos hablado de personas íntegras: lo que antes se conocía como un señor, o una dama. Los propietarios de campos de golf y sus administradores, hijos de nuestro tiempo – y necesitados de hacer caja – han podido ceder a la humana tentación de conceder hándicap y licencia para salir al campo a personas cuya dudosa preparación técnica no venía acompañada por un verificación de su preparación ética, de etiqueta o como ustedes quieran llamar a la buena educación.
 
Y los fairways se llenan de sujetos de estrafalaria indumentaria, aspecto facineroso y lenguaje propio de palafreneros festejando entre hedores etílicos su fiesta patronal. No entiendo ni puedo entender que la blasfemia sea un modo apropiado de exaltar el vigor de un golpe, y menos en el golf. Parece de todo punto inapropiado alegrarse del error del compañero competidor y, menos aún, decirle “te jo…”.

No. No es el signo de los tiempos: es el momento de decir a quienes no respetan las reglas básicas de etiqueta, y hacen de ello obsceno alarde, que ese lugar no es para ellos. Sé que la Federación necesita licencias después de las bajas habidas durante la crisis. Soy consciente que mantener un campo de golf en un club tiene costes y esos se cubren entre otros medios por las cuotas de socios y por los derechos de juego (green fees). Pero un vuelo alicorto, una visión cortoplacista en esta cuestión pasará factura y más costosa todavía cuando las hordas destroza-campos, trota-bunkers y pisoteadoras-de-greenes como de uvas en lagar hagan masa crítica.
 
No hablo a humo de pajas. Todos los que hemos jugado en algún club de los que ha perdido el norte saben de lo que le hablo. Y no es cuestión de gente con dinero y gente sin él: cuidado con la demagogia. Para no tirar un papel albal al suelo cuando hay un papelera a un metro no hay que ser Alicia Koplowitz, muy amiga de mi prima Margarita, ni Carlos Slim con quien comparte inversiones.
 
En las antípodas de esas tribus devastadoras clima deportivo, y acaso como modelos para un cambio social, están personas que combinan su liderazgo con el altruismo.
 
Les hablo de figuras internacionales de golf como Paul MacGinley, capitán del equipo europeo que ganó la última Ryder Cup en Glenneagles; de la noruega Suzann Pettersen, ganadora de LPGA Championship 2007 y dos veces ganadora de la Solheim Cup; de Carlota Ciganda, que con otros representantes del deporte han decidido unirse al torneo solidario Olazábal&Nadal Invitational by Pula Golf Resort, que se disputará los días 28 y 29 de noviembre.
 
El torneo permitirá apoyar los proyectos desarrollados por la Fundación Rafa Nadal y Sport Mundi, de José María Olazábal. La primera de ellas destinará los fondos al Centro Fundación Rafa Nadal, el primer proyecto propio de la organización con el que se ofrece educación y transmisión de valores a través de la práctica deportiva a niños y jóvenes de Palma de Mallorca que viven en situaciones socialmente desfavorecidas.

En el caso de la fundación del golfista vasco, se apoyará a la actividad que está desarrollando Cáritas, tanto en España como en Siria, Irak, Jordania y Líbano, para atender a los refugiados con ayuda de emergencia.
 
Mis compromisos locales me impiden acudir, pero seguro que a algún lector le gustaría compartir unos hoyos con Chema. O con Suzann Pettersen, mismamente.