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NI ESCASO, NI SOBRAO

Kristoffer Broberg (-17) vence en el BMW Masters. Cayó Sergio García (-13)



En el tercero de los torneos de las series finales, Race to Dubai, el sueco ha exhibido juego y serenidad en su primera victoria en el Circuito Europeo. Muy diferente a otros.



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 16 noviembre 2015

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No fue un día fácil para nadie. Cielo gris y húmedo. En las gorras de los jugadores un lazo negro: Paris, su dolor, llegaba a Shanghai arropado aquí, como en tantos sitios por la compasión y la condolencia.
 
La última jornada del tercer torneo de la Carrera a Dubai iniciaba su andadura con pocos golpes de ventaja entre los que ocupaban los primeros puestos. Se estrechaba hoyo a hoyo la diferencia hasta reunir a media docena de jugadores en la cumbre de la pizarra a un solo golpe.
 
Sergio García, que jugaba en el último partido junto a Byeong Hun An y Jaidee Thongchai, empezó con un bogey en el primero hoyo, pero eso no pareció hacer mella en su ánimo, que, todo sea dicho en ningún momento pareció el del albañil al que le toca la Primitiva. Achicado o prudente, no lo sé, pero nunca se mostró agresivo y eso le permitió no sólo no cometer más errores en los siguientes hoyos, sino incluso hacer dos birdies – hoyos 4 y 8 – y acabar -1 en los primeros nueve.
Pero al comenzar la segunda vuelta otro bogey hirió de nuevo el juego del castellonense. La alegría llegó con un eagle en el hoyo 13. Pero, ¡qué poco dura la alegría en la casa del pobre!, del pobre de confianza.
 
Verán: sucedió lo que escribí en el post anterior; lo que comenté y nunca deseé que ocurriera. Sergio García iba -16 a un golpe de los líderes cuando pisaba el tee de salida del hoyo 17, un par 3 de 201 yardas (180 metros). La bandera estaba al fondo a la derecha – sí, como el cuarto de baño en los restaurantes -, cerca de un bunker junto a un lago.

Sergio tiró su golpe por la izquierda para no arriesgar, pero el golpe se salió de green por una escapatoria que había por ese flanco. Eligió el putter en vez de hacer un cheap, uno de esos golpes rodados con freno y marcha atrás: su putt se quedó muy corto y falló el siguiente: total un bogey y casi adiós a la victoria. De la frustración arrojó la bola con la mano al lago.

Comportamiento que, desde la humana comprensión, no aplaudimos, pero que refleja lo que es un profesional en estado de ánimo escaso. El comentarista de televisión apuntó: “Le falta sonreír”. Sí, pero la sonrisa es una forma de comunicación. Y la puerta de la comunicación se abre desde dentro: es una puerta blindada y con antibumping. Sólo él podía descorrer el cerrojo, pero Sergio estaba escaso. Tanto, que en el hoyo siguiente, el último, con lago en todo su lado izquierdo, tiró la bola directa al agua con su salida y volvió a tirarla con su golpe a green, para terminar ese hoyo con doble bogey y pasar en un sólo día de torneo del puesto 2º al 11º empatado.
 
Y si Sergio García iba escaso, Patrick Reed iba sobrao.
Cierto que el americano no salía con muchas posibilidades, pues comenzó apartado de los puestos de cabeza, pero puso todo ese corazón que pone siempre, y que, cuando en marzo de 2014 ganó el WGC Cadillac llenó de entusiasmo su boca; en un alarde de quien parecía no tener abuela se soltó la melena: “He trabajado muy duro. He ganado mucho en mi carrera de junior; hice grandes cosas en mi carrera amateur, gané 6-0 en el juego por hoyos en NCAA, que gané dos años seguidos, y fui tercero individual un año. Ahora tengo tres victorias aquí en el PGA Tour”.
 
Seguidamente, tras tamaño subidón de ego, la conclusión caía por su peso: “Yo soy uno de los cinco mejores jugadores del mundo”. Sí, eso fue hace año y medio. Pero el tiempo, los toros y el swing ponen a cada uno en su sitio: terminó ese año en el puesto 23º y esta semana estaba en el puesto 17º.
 
Pero cuando uno va de sobrao, el ánimo es fuego y el chico hizo el golpe del día con un eagle desde el bunker del hoyo 15 que levantó aplausos a chinos y extraños.
 
Cómo a Sergio García el hoyo 17 se la jugó, y, cómo Sergio García, tuvo el gesto de arrojar la bola con la mano lejos de sí, de pura rabia tras no meter en el 18 el putt razonable que le hubiera dado la victoria.
 
Es victoria fue a parar a manos de un chico sueco, Kristoffer Broberg que gana por primera vez en el European Tour. Tenía en el circuito menor, el Challenge, tres victorias, pero ninguna en el grande europeo. Y, como esa bebida tonificante, esto le dará alas, para guardar el sano equilibrio entre volar sobrao y arrastrarse escaso.
 
El apellido de este joven, Broberg evoca la posibilidad de que se convierta en un gigante alejado de las orillas de la desesperación y la jactancia: en sueco, “bro” es puente, y, “berg” montaña.