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LA TIERRA ES DE TODOS

Refugiados: Un desarraigo físico, pero sobre todo un terrible desgarro del alma



A los más jóvenes, con el cuerpo todavía vital y con el alma rota, sólo nos queda la esperanza de poder un día volver a sentirnos en casa, gracias a la ayuda de nuestra gran familia humana.



Germán Loewe / Actualizado 13 septiembre 2015

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Soy Omar Halef, profesor de ética y filosofía. Me doctoré en la universidad de Damasco. Ocupé la cátedra en Alepo, pero en Siria ya reinaban el caos y la guerra. Así que convencí a mi mujer para marcharnos de nuestro país amado, porque en él ya no se puede vivir. Esto fue hace un par de meses. Decidimos escapar e ir a Europa, a cualquiera de los ricos países de Europa que nos acogiera y nos diera trabajo. Como han hecho y están haciendo mis conciudadanos por millares.

Entramos en Turquía, país musulmán y por tanto hermano nuestro. Los turcos nos dieron vía libre a Grecia, ya que ellos están saturados de anteriores oleadas de sirios, a los que acogieron, al igual que lo hicieron Líbano y Jordania. La Sharia, la ley islámica, les obliga a ayudarnos, cosa que hicieron. Pero ahora están al límite y ya les conviene que miremos a Europa.

Con mis ahorros pagué lo que me pedían para la travesía en barca hasta la isla griega de Lesbos. Cuando sólo faltaba un kilómetro para alcanzar la costa de Lesbos, un golpe de mar hizo zozobrar la barca, que acabó volcando. Como yo sé nadar, logré llegar a la costa. Mi mujer no sabía nadar y se ahogó. Ni siquiera sé a dónde se la llevó el mar. Pienso que a lo mejor ella es ahora más feliz que yo, esté donde esté. Sólo puedo llorarla en silencio y seguir adelante.

De Lesbos me embarcaron al puerto de El Pireo en Atenas y desde allí conseguí llegar a Budapest, en Hungría. Fletaron un tren que iba a llevarnos a Austria y Alemania, nuestra tierra de promisión. Pero de repente desviaron ese tren y nos desembarcaron en un campo de refugiados, donde estamos hacinados como el ganado y nos alimenta la esperanza de que los que mandan nos suelten al fin y nos den la libertad a la que tenemos derecho.

Porque ¿acaso no es cierto que merecemos la solidaridad de los demás países y pueblos a los que deseamos emigrar?

Ese deber de solidaridad humana se encuentra en nuestra religión musulmana, en la religión cristiana y en la conciencia moral de todas las personas. Estudié las enseñanzas del Profeta y también conozco la doctrina Patrística de los Padres de la Iglesia cristiana, así como la sabiduría milenaria de la Torá judía. Todos coinciden en expresar un principio fundamental: la Tierra es de todos y sus bienes deben ser compartidos por todos. Siempre supe que este sagrado principio va por delante de conceptos como soberanía, nación, estado, límites territoriales, propiedad privada.

Pero el mundo no ha ido por ese camino. Los dictados del egoísmo y la codicia o la ambición de poder nos han llevado a olvidar aquel axioma de Dios y de nuestra conciencia. Y así hemos construido un mundo de áreas reservadas, de compartimentos inexpugnables, de propiedad y posesión de la tierra y de sus riquezas para aquellos que a lo largo de siglos se la han repartido en un forcejeo constante hecho de guerras, conquistas, dominación y exclusión del otro.

Nuestra mentalidad sigue siendo tribal. Por eso los gobernantes europeos, instalados en su coto cerrado nacional, sólo reaccionan con tibieza ante nuestra avalancha de la desesperación. Se llenan la boca con la solidaridad, pero es de cara a la galería, porque hay que frenar a tanto inmigrante que habrá que alojar y luego le va a quitar trabajo al dueño del estado del bienestar. Y si encima resulta que la mayoría somos musulmanes, el rechazo aumenta.

Veo no obstante con esperanza que mucha gente, por no hablar del Papa de Roma, sí manifiesta sentimientos de solidaridad y deseos de acogida, más allá de gobiernos y partidos xenófobos. Quizá es que se dan cuenta de la sacudida cruel y brutal en nuestras vidas, al ver que familias enteras deben abandonar sus casas, sus pertenencias, sus paisajes amados. Es un desarraigo físico, pero sobre todo es un terrible desgarro del alma.

Yo tengo ahora que hacer frente a ese desgarro por partida doble: he perdido a mi mujer y he perdido mi hábitat. Otros han perdido además a sus hijos. Sólo nos queda sobrevivir y volver a empezar. Los más viejos ya no tienen fuerzas y se han quedado. A ellos les desgarra la separación, quién sabe si para siempre, y quizá les sostenga la fe religiosa. A nosotros, los más jóvenes, con el cuerpo todavía vital y con el alma rota, sólo nos queda la esperanza de poder un día volver a sentirnos en casa, gracias a la ayuda de nuestra gran familia humana.

Cada nuevo amanecer, cuando espero al tren en el campo húngaro, me hago el propósito de mirar sólo adelante.
Tiempo habrá luego para el recuerdo.