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PELILLOS A LA MAR… DE GOLF

El dilema del hoyo 16 de Kaneohe Klipper: boda de marines o golf presidencial



El incidente de Barack Obama en sus vacaciones ha dado la vuelta al mundo; no es un Cuento de Navidad ni una inocentada, pero sucedió el domingo 28 de diciembre.



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 1 enero 2015

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Mi prima Margarita había interrumpido por un momento sus compras en el Winterzauber de Gstaad y ya en Promenade –zona peatonal del centro del hermoso pueblo suizo - reponía fuerzas con un Glühwein humeante. Ahí coincidió con las hermanas Claudia y Silvia von Siebenthal Fust a las que conoce de tantas temporadas pasadas.
 
La familia Siebenthal regenta desde hace 142 años un Cookshop maravilloso que antes se llamaba “von Siebenthal für Tisch und Küche”. Se trata de un atractivo local en el que Margarita y otras parientes solían perder pie a base de adquirir toneladas de utensilios de cocina, paños de bellos colores, artilugios pasteleros y docenas de moldes con formas variadas y divertidas con los que hacer bizcochos.
 
Pero Claudia, la directora, ha informado a mi prima del cierre del negocio. Parece que la gente prefiere comprar en las grandes tiendas de Ginebra o Berna, o se surten de comida a domicilio. Por otro lado, la población autóctona ha ido vendiendo sus preciosos chalets a esas aves migratorias del lujo mundial, la jet set, que apenas pasan unas semanas en esas mansiones. A Margarita le fascina este pequeño pueblo suizo y sus casas grandes de madera iluminadas por Navidad, donde el buen gusto recorre Promenade desde la Hauptstrasse hasta la prolongación de Untergstaad Strasse.

Por eso me contaba lacrimosa este inopinado cierre.
.- Sí, prima: que el mercado te haga cerrar tu negocio familiar es lamentable. Casi como que Obama te desaloje del lugar elegido para la boda – le comento solidario.
.- Pero primo, ¿de qué narices hablas? – Me responde sorprendida la más bella de mis primas.
.- ¡Ah!, veo que tanto comprar y esquiar con lo más “in” te ha dejado “out” de las noticias del golf que llegan de Hawai – le digo jovial.
.- Pero, zoquete, que me importa Hawai y el presidente al lado del drama de mi amiga Claudia von Siebenthal Fust. ¡Imagínate el disgusto! No quiero ni pensar lo que hubieran sufrido sus padres, Gottfried y Katharina, que pasaron el negocio a las hijas.
.- Ciertamente es dramático, pequeña – le digo conciliador -, pero a ti y a tus amigas siempre os quedará la zona de cocina de IKEA.
.- ¡Pero mira que eres insensible y burro! – protesta, y a través del auricular oigo hacerse añicos algo de porcelana -. Anda, termina ya de contarme lo de Obama que esta conferencia nos va a salir por un ojo.
Y le conté, Y les cuento a ustedes.
 
El presidente Obama, en su esforzada campaña para tener mejor hándicap que yo, ha dejado por unos días el Despacho Oval y, pretextando vacaciones navideñas, ha viajado a Hawai. ¿Por qué? Especulemos.
 
Probablemente, en alguno de los escasos momentos que le permite su atareada agenda llena de charletas con Raúl Castro, sofocones con la mayoría republicana, decepcionantes lecturas de gráficos sobre la caída de su popularidad, ocurrencias bélicas con drones y pellizcos de monja diplomática a su amigo Putin, debió caer en sus manos el folleto de propaganda de Kaneohe Klipper Marine Golf Club y los ojos se le hicieron chiribitas, sobre todo al leer: “No te pierdas la oportunidad de jugar en uno de los mejores campos militares de golf del mundo, sólidamente votado como campo número uno por los usuarios del Departamento de Defensa. El Kaneohe Klipper es un campo de golf con campo de prácticas independiente, chipping green y putting green”.
 
Antes de llamar a Anita Decker, su asistente personal, para que ordenase llenar los depósitos de combustible del Air Force One, debió entrar en éxtasis al posar su ojos en el final del prospecto, ahí donde junto a una foto radiante, la prosa turística mudaba en bucólico poema: “experimente lo que es vivir en este paraíso de los golfistas, donde las montañas Ko’olau enmarcan los primeros nueve hoyos y la costa del Pacífico se extiende por los últimos nueve hoyos. Disfrute de la brisa refrescante del mar que llega acariciante hasta los muy bien cuidados fairways...”.
Pues a disfrutar que son dos días, musitaría el mandatario cogiendo la bolsa de palos.
 
Entre tanto dos marines de esa base – los capitanes Natalie Heimel y Edward Mallue Jr. - se disponían a ensayar la boda que habían acordado celebra en el tee del hoyo 16, con la montañas Ko’olau a su derecha y la costa, la brisa y las caricias del Pacifico a su izquierda.
 
Pero como es conocido, “donde manda patrón, no manda marine” y la visita del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, obligó a cambiar el teatro de maniobras conyugales, si se me permite el símil marino.
 
Pura lógica: evidentemente no es fácil, ni siquiera para la concentrada cabeza de Obama, hacer un swing correcto a los acordes de la marcha nupcial, mientras el tee del hoyo 16 es sobrevolado por un bouquet de peonias blancas, llueven pétalos de rosa, graniza arroz y el aire se llena de aplausos.
En honor a la verdad, y como han confirmado fuentes fiables, el presidente llamó a a la pareja lamentando el trastorno y felicitándoles por el compromiso: noblesse oblige.
 
Pero la pérfida oposición y otros grupos de interés han visto con malos ojos el incidente. No así el senador republicano Rand Paul que tuiteó desahogado: “Yo suelo decir que mientras el presidente Obama esté jugando al golf, no está haciendo, al menos, nada nocivo” .
 
No sé, no sé: que se lo pregunten a los capitanes de Marines Natalie y Edward.