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LOVE DON´T LIE

Amor, golf y canciones. La novia de Rickie Fowler coge la guitarra



A Amy Lepard Campbell, esposa de Chad Campbell; y Liz Primo, esposa de Bob Estes, se une Alexandra Brown entre las chicas del golf que graban discos.



José Ángel Domínguez Calatayud / Actualizado 24 octubre 2014

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Ciertamente debe ser que he estado distraído estas últimas semanas con tanto ir y venir por los campos de golf de España. Mis ocupaciones en comunicación y golf – dos pasiones – me habían retirado de mi Club más de lo deseable; ya lo decía con su voz aguardentosa un viejo socio: “salir de aquí es para perder”. Llevaba más razón que un santo, pues realmente el campo de golf de mi club es uno de los mejores del mundo y, posiblemente, para la alta competición está entre los tres primeros de la nación.
 
Y eso a pesar – o quizás a causa – de que cada dos por tres están recebando de arena greenes, sembrando, resembrando, perforando, escardando, picando y todos los “andos” que pueda imaginar la mente creativa del Walt Disney de los greenkeeper de esta planeta. La verdad, el tute que reciben las plantas de nuestro recorrido es tal que el otro día un Callistemon laevis de hermosa flor extremosamente rojiza que hunde sus raíces en el hoyo 10 me preguntó si no tendría un parterre para él en mi casa, pues le tiene hiper trabajado. Quedé en consultar con mi jardinero, persona prudente y poco amiga de labores excesivas.
 
Pero vuelvo a lo que iba: tanto tiempo en mis tareas que no estaba al tanto de las novedades sentimentales de mi Club y de mi familia.
 
Era ayer mismo. Había jugado el partido del calendario de competición que no gané. Después de la comida en hermandad acompañé a los consocios que siguieron hasta el salón de juegos; allí se jugaron una insignificante parte de su pensión mensual en una amigable partida de dominó (aquí es correcto aplicar, como en las cartas y en los affaires de bandoleros el término “partida”, pero no en el golf: en el golf no se disputan partidas, sino “partidos”).
 
Bien, después de no comprender cómo puede ganar uno sin desprenderse a las primeras de cambio del seis doble me despedí y terminé mi Ron Dos Maderas con Coca-Cola light contemplando la tenue luz anaranjada que regaba de olor a pino la Terraza Oeste de la Casa Club. Allí llevaba un rato un socio, Alberto Z., conde de Aguasbravas (hándicap 12,4) que parecía atornillado a la silla delante de un gintonic y con lo que me parecía una vacía mirada que contemplaba el interminable horizonte. Pues, como se verá, no era el horizonte.
 
.- Cada vez es más bonita la vista del Hoyo 18 – dejó caer como en un susurro lo suficientemente acentuado como para que yo, a dos metros de él recogiera, la poética observación.
Yo, muy sorprendido y casi emocionado de contar en el Club con alguien que no hablara de que le han ahorcado el cinco doble o que “a la mano taparás tengas o no tengas más”, etc., miré el Hoyo 18 y luego con admiración hacia el poeta, alma gemela, conde de Aguasbravas declamé:
 
.- Oh! Cierto, caro amigo: los irisados rayos del sol broncean las copas de los pinos y la luz riega de belleza el paisaje con insospechados colores en las adelfas y en el espinoso tronco de aquel “Palo Borracho”…
 
.- ¡¡¿Qué!?: borracho debes de estar tú; no me hables de adelfas ni pinos me refiero a aquel perfil femenino que acaba de meter un putt de tres metros. ¡Guau! – ladró admirado descorchándose de su asiento para mejor fijarse en aquel ejemplar.
 
Yo también miré, para darme cuenta de que aquella dama no era otra que mi prima Margarita cuya belleza tiene también borrachos a jóvenes y no tan jóvenes. Y sinceramente es explicable.
 
Pero ello no impidió que, como hice, llamase al respeto al conde indicando que me unían lazos de familia con la destinataria de su reprobable mirada. El conde, comme il faut, me pidió disculpas y con un automatismo que soy incapaz de describir volvió a atornillarse a la silla de la terraza sumergiendo ojos y pensamientos en los whatsapp de su móvil.
 
Segundos después pasaba junto a nosotros Margarita, en delicados tonos berenjena y tocada por una graciosa visera rosa. Y acompañada. Eso me dejó un poco cortado. Aquel varón que iba a su lado con la bolsa de palos no era socio. No es que yo ponga reparos a que de vez en cuando alguno aborigen pise nuestros fairways: en esto soy de mente abierta. Pero una cosa es jugar al golf y otra acompañar a la socia del club a la que adornan más virtudes morales y físicas.
 
Lo confieso, me encontraba picado. Picado por doble motivo: uno que no sabía quien era aquel sujeto que la miraba con los ojos de un cordero degollado y las sonrisa de embelesamiento que pondría el financiero Warren Buffett ante la primicia de que sus activos en Berkshire Hathaway habían subido un treinta por ciento en Wall Street. El segundo motivo que me tenía mosca es que ella también le sonreía y ambos entre risas iban cantando esa canción de Alexandra Browne, novia del profesional Rickie Fowler y que se titula Love don’t lie.
Exacto. Ni me engañaba mi mente al imaginar que allí había el comienzo de un romance sobre el que no se me había consultado.
 
Abandoné sin ser visto la Terraza Oeste de la Casa Club: no estaba yo para recibir noticias tan luctuosas. Era momento de repliegue y elaboración de una estrategia.