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BALANCE Y LUCES (II)

El camino más corto, el relato de Manu Leguineche que nunca se cerró



Cuando otros lo ignoraban, él lo indagaba, lo escudriñaba. Fue sin duda el mejor. El reportero más importante del periodismo español. Una obra que permanece en pie y nunca morirá.



Juan-Fernando Dorrego Tíktin  / Actualizado 23 enero 2014

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Nunca temió la muerte pero tampoco la ignoró. No era aventurero sino reportero, el mejor. Con un humor muy suyo y particular, a veces un punto ácido y socarrón, porque la vida le pegó al hígado en golpes bajos. Pero siempre se recuperó porque no comprendía la vida sin el estilo británico de juego limpio, de un humor incontenible y un relato sencillo pero siempre fascinante, el toque fino y nunca igualado del mejor periodismo español.

Manu Leguineche (ver en Hechos de Hoy Muere Manu Leguineche, el Jefe de la Tribu y referente del periodismo español) fue testigo de todas las guerras y las sobrevivió. Nunca tuvo miedo de la muerte pero la conoció bien. Sabía cuando llegaba el frío de su cercanía, el aliento salado, los temblores que anunciaban su proximidad. No le preocupaba la suya sino la de los demás. Nunca pensó en la que la muerte era una lata ni menos el terrorismo, el odio o el fanatismo. De todo lo que vivió, le hubiera encantado escribir sobre el jesuita Francisco que llegó de Buenos Aires a Roma. ¿Un Papa rojo? Manu se hubiera desternillado del golpe del destino a los viejos cardenales.

De Manu admiraba muchas cosas, las primeras su sencillez, su humanidad y su independencia total que nadie doblegó. Yo le llamaba nuestro Harrison Salisbury particular. Y él, entre risas, me lo negó, siempre con sorpresa. Pero es bien cierto su paralelismo con el famoso periodista que comenzó su carrera en la United Press y acabó en la plantilla de The New York Times. "Quise ser corresponsal y no director" escribió Salisbury. Manu quiso ser reportero y lo fue hasta el final -dejando su sello en las agencias que fundó, Colpisa y Fax Press-, porque siempre pensó que para quien había sido testigo de la aventura humana más intensa y desoladora el final lógico eran días de descanso en el campo, como él los vivió, desde su Arrazua natal, Vizcaya, hasta su retiro en su casa de Brihuega, Guadalajara.

En su única novela, retrató en Malabo, en Guinea Ecuatorial, las penalidades de la tribu, el nombre que acuño para la gloria y los momentos canallas de la lucha por una exclusiva. Echó los dientes en la escuela de periodistas que fue El Norte de Castilla de Miguel Delibes. Miguel siempre admiró a Manu. Le tuvo enorme respeto porque reconocía en él la esencia del reporterismo, de indagar en lo secreto y escribirlo con fidelidad e independencia.

La obra de Manu es inmensa, en sus libros, que son fascinantes, y sus crónicas. Todo ello lo reflejó en El camino más corto, la aventura de la aventura, de salir de una España de estrechas miras a un mundo que palpitaba y se desbordaba. Contó todas las guerras. Recibió todos los premios. Llevó en su corazón el Hotel Continental de Saigón.  Fue el relato implacable del siglo XX.

Manu supo bien, y lo dijo, y lo escribió una y otra vez, que todas las guerras se pierden. Pero no las de la dignidad propia, de la independencia radical, de indagar y contarlo. De explicar las cosas con sencillez y agilidad. De hacerlo todo sencillo pero culto. Fue el maestro, el mejor. Toda alabanza se quedará corta. Todas las mereció y nunca las buscó.

Cuando mueren personas así se pude poner en duda por las nuevas generaciones que existieron. Manu tuvo esa talla. El cuajo de lo honesto y lo brillante. Su obra permanece. Es el mejor homenaje que le podemos hacer. Bucear en El camino más corto, el que nunca se cerró, el que nos descubre un mundo que sigue siendo igual de fascinante. Manu lo hizo para conocerlo pero también para indagar sobre él mismo. Su leyenda permanece y siempre será brillante. Quedará como uno de los momentos tristes de este 2014.