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Lord Jerome / Actualizado 1 septiembre 2010 |
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La pretensión de Mark Zuckerberg de registrar la palabra “face”, cara en inglés, para evitar que cualquier compañía pueda utilizarla como parte de su nombre, es otra muestra de la perversión que el sistema actual de propiedad intelectual puede alcanzar. Ya no es el interés legítimo de una compañía por conservar intangibles como una marca, sino un abuso de poder para que nadie pueda usar un término que se considera exclusivo.
El problema de Facebook no es protegerse de algún desaprensivo que utilice el nombre “facebot” o cualquier variante, sino deslegitimar a aquellos que utilizan la palabra como sufijo en negocios -en internet o en donde sea- que nada tienen que ver con una red social y que no están aprovechándose de la similitud fonética. Y lo mismo sucede con sus intentos para registrar “me gusta”, el botoncito que acompaña a los muros y que tanto usamos.
Google ya lo intentó frente al Diccionario Oxford para impedir el uso de “googlear” como sinónimo de buscar en Google. De aquellos tiempos en los que el mayor elogio que una compañía podía recibir era dar nombre a una gama de productos -las gaseosas, los insecticidas...- hemos pasado a una histérica defensa de las palabras y las letras. Es verdad que hay una zona gris, como la que representan las acciones legales de George Lucas, que pleitea para que una compañía deje de llamarse Jedi Mind. Pero es que la compañía se dedica al control de ordenadores con la mente, un truco Jedi a fin de cuentas.
Actitudes que contrastan con la de Biz Stone, fundador de Twitter y que mantiene su intención de no pleitear por unas palabras que aunque son inventadas, ya son de dominio público. Ya se hacían muchos chistes durante las primeras escaramuzas de la guerra contra la SGAE a cuenta de la posibilidad de pagar por silbar melodías o mencionar determinadas palabras sujetas a derechos de autor. Pero a medida que ese concepto perverso y restrictivo de la propiedad intelectual se afianza, no sería de extrañar su realidad.
La perversión de las patentes -si Paul Allen se sale con la suya, ¿qué será de la Red- provocaría hilaridad sino se hubiese convertido en un negocio paralelo al de las propias compañías que investigan. Ya no es una cuestión de “piratería” sino de defensa. Defensa del pensamiento y la creatividad, aunque pueda parecer exagerado. Los servicios, muy serios o disparatados, que Internet ofrece surgieron evolucionando los unos de los otros. Si no puedo usar una botella como lámpara o un archivador como maceta, ¿qué mundo gris van a dejarnos?
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Ante la propiedad intelectual, las compañías exhiben diferentes actitudes. (Foto: HH) |
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