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Hay personajes que se han convertido en eternos desde la invención del cine, casi como si los galanes y directores quisieran tener su propia versión de los mismos. Así que generación tras generación, alguna película vuelve a reinterpretar algún héroe, aunque en la mayoría de las ocasiones no se aporta nada.
Ridley Scott ha hecho su particular lectura del bandido noble que robaba a los ricos para dárselo a los pobres con Russell Crowe en la piel de Robin Hood. Buenas intenciones, pero poco más, porque la película no aporta nada nuevo. Un retroceso en el tiempo para explicar quién era Robin de Locksley. Sólo la maestría técnica y las nuevas tecnologías aportan alguna novedad en una historia que casi aburre por sabida.
Aunque está dirigida con pasión y el trabajo de los actores es bueno, no deja de ser una especie de deja vu ver al sheriff de Notingham, a Juan sin Tierra y a Lady Marian elaborar las mismas coreografías y diálogos que en tantas otras adaptaciones, pero además sin el espíritu, entre tierno e ingenuo de las interpretaciones de Burt Lancaster o Errol Flyn.
Desde que Richard Lester con Sean Connery y Audrey Hepburn filmara Robin y Marian, las adaptaciones para el cine de Robin Hood dejaron de tener sentido como un relato plano de las aventuras del personaje de la mitología popular británica. La profundidad de esa historia de amor crepuscular, tan lejos de las aventuras de capa y espada fue un digno cierre.
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