En lo que es ya una liturgia, la solemne entrada de los líderes europeos a la sala de reuniones del Consejo Europeo es momento de estrechar alianzas, buscar amigos, y confidencias interesadas. Aunque aparentemente la conversación de Mariano Rajoy fue pillada por un micrófono abierto -como contó Hechos de Hoy-, también pudiera ser la decisión del presidente de mostrar sus cartas desde un primer momento en el escenario en el que quiere hacer crecer a España, Bruselas, el corazón de la Unión.
Al margen de cuestiones ideológicas, Rajoy pudo escoger a los primeros ministros de Finlandia y Holanda -dos bastiones de fortaleza en la Unión porque mantienen la Triple A- para mostrarles su decisión, compromiso y firmeza de ejecutar reformas pese a su coste. Es decir, que él no es José Luis Rodríguez Zapatero.
"La reforma laboral me va a costar una huelga" y "Falta lo más duro" fueron las palabras de Rajoy que apuntan a que, tras la reforma del sistema financiero, llega de forma inminente la reforma laboral que irá por tanto más allá del acuerdo firmado por empresarios y sindicatos.
No hay duda para analistas, expertos y gurús de mercados, que si la economía europea no vuelve a crecer de forma sostenida no será posible reducir los déficits públicos con la ambición de hace seis meses. Tampoco hay dudas a la vez de que la única respuesta a este dilema es acelerar y ejecutar programas de reformas profundas.
Para España, el test crucial del cambio es la reforma laboral. Debe significar un vuelco intenso, muy ambicioso, que sea decisivo para la economía española. Mantener durante décadas unas estructuras rígidas y desfasadas ha creado una dramática espiral de paro que es inaceptable. Interesante y oportuna confesión por tanto en Bruselas de Rajoy si ha querido enviar el mensaje de que será fiel a su promesa de cambio, y de que está dispuesto, pese a sus costes políticos, a la anhelada reforma laboral con todas sus consecuencias.