Cuando Quique Sánchez Flores se puso al frente del Atlético de Madrid eran tiempos bravos de un equipo que daba tumbos. De forma sorprendente, Quique fue tomando decisiones duras, pisó callos, y molestó a miembros de la plantilla. Poco a poco, los jugadores descubrieron en él a alguien que sufría como el que más, pero que pensaba que con humildad, y necesaria ambición se podría avanzar a metas inesperadas.
Nunca el Atlético de Madrid pensó en que pudiera ganar el título de la Copa de la Liga Europa. Lo hizo. Y menos aún imaginó que en Mónaco llegaría a arrollar al Inter de Rafael Benítez, con el legado aún intacto de Jose Mourinho. El Atlético de Madrid de Quique ganó la primera Supercopa de Europa de su historia con un partido perfecto -sobresaliente de principio a fin- en el que mostró una defensa de hierro, velocidad y enorme talento en su ataque con goles de gran factura de José Antonio Reyes y Kun Agüero.
Quique llegó a Montecarlo con humildad, respeto pero ambición de hacer al Atlético de Madrid más grande. Y lo consiguió de forma brillante mostrando un equipo que sigue manteniendo sus genes de ataques fulgurantes, un látigo eléctrico cuyo techo por lo visto en el Principado de Mónaco está aún por descubrir.