Día 12 de agosto, festividad de Santa Clara, fundadora hace 800 años -siguiendo los pasos de San Francisco- de la orden de religiosas contemplativas de clausura llamadas popularmente clarisas, en el convento de la orden en Olite, en el corazón del reino de Navarra, profesaba una nueva religiosa mexicana con la declaración solemne de votos.
Es la primera de varias jóvenes novicias venidas de México a este antiguo convento español en cubrirse la cabeza con el velo que simboliza su entrega a Dios siguiendo la vocación contemplativa en clausura. Hace quinientos años éramos los españoles los que llevábamos la Buena Nueva de Cristo a América, hoy son los jóvenes cristianos de Latinoamérica los que vienen alegres y pujantes a recordar a la vieja y decadente Europa sus orígenes y creencias en muchos casos olvidadas.
Los problemas económicos por las que atraviesa Europa no son más que el exponente más superficial de una crisis mucho más profunda identificada repetidamente con la pérdida de valores. Los llamados Estados del Bienestar que hemos creado en Europa en mi opinión son en su parte esencial la institucionalización del consumismo. Hemos cedido grandes cotas de libertad, iniciativa, progreso interior, espontaneidad, evitando todo lo que ello lleva de esfuerzo, responsabilidad, estudio, trabajo, generosidad con el fin de lograr una seguridad que proporcione una felicidad identificada principalmente con la satisfacción sensorial.
Esta sociedad que hemos creado ha producido un ciudadano-tipo europeo que huye de las grandes interpelaciones que a cada momento le hace la vida. El desprecio de la razón y del rigor intelectual y la falta de valentía para enfrentarse honestamente a los retos de la vida hace que la verdad, la bondad y la belleza sean sustituidas por caricaturas de las mismas. El relativismo sumerge al hombre en la más descarnada de las inseguridades y trata de evitar el miedo que le produce el desconocimiento de su lugar en el cosmos, huyendo de todo lo que signifique vida interior, preguntas transcendentes, soledad y silencio.
En este ambiente es lógico que no se entienda en absoluto una decisión revestida de tanta sencilla trascendentalidad como el de la libre elección por la joven mexicana de la vida contemplativa de clausura. Es muy difícil entender desde fuera cómo en esa elección se produce una unión entre el tiempo y la eternidad. Dentro de la serenidad de los muros conventuales se empieza ya a saborear desde el silencio y la contemplación esa pertenencia a una vida permanente en la que se calman las inquietudes y encuentran respuesta todos los anhelos humanos, al mismo tiempo que se hacen propios en la oración continua todos los sufrimientos y preocupaciones de la humanidad.
No es cierto que el aislamiento "del mundo" suponga un desentenerse de los problemas del resto de los hombres. Si se trata con personas de vida contemplativa, dentro o fuera de los muros de un convento, se observa que llevan muy dentro el sufrimiento de los demás hombres. En palabras de Benedicto XVI podríamos decir que "son personas que no siguen la manada, que no se dejan llevar por el espíritu gregario para participar en una injusticia que se ha convertido en algo normal, sino que sufren por ello. Aunque no está en sus manos cambiar la situación en su conjunto, se enfrentan al dominio del mal mediante la resistencia pasiva del sufrimiento: la aflicción que pone límites al poder del mal".
Decía que el pasado día 12 en este pequeño rincón de Europa, dentro de los muros de un convento medieval, se unían el tiempo y la eternidad: se producía la respuesta generosa a una vocación en la que se incardinan los sufrimientos del mundo en la paz y alegría de la participación ya desde la vida terrenal en la vida eterna.