Una nueva escuela de arte surge de las raíces dominicanas basado en el intercambio cultural y temporal con fuerza y confianza, una reflexión basada en los movimientos migratorios que no encuentran fronteras y que encuentran sus representantes en autores como Ismael Checo, Dionisio de la Paz, Carmen Cordero, Francisco de Jesús Mata Lima o Johnny Jiménez.
Alexis Mendoza, escritor y artista cubano, define este movimiento como conceptual, minimalista, expresivo, realista y neohistórico, con un papel fundamental del artista como productor y reproductor de la cultura. Una escuela que empezó a surgir en los años 80 y que ya puede ser denominada como el nuevo arte dominicano.
Ismael Checo proyectó sus estudios artísticos en la Art Students League de Nueva York, donde pudo absorber los conocimientos de David Leffer y John H. Sander. Sin embargo, la experiencia que marcó su vida artística fue cuando trabajó como aprendiz del pintor Nelson Shanks. Afincado en Estados Unidos, es presidente del Colectivo de Artistas Visuales Dominico-Americanos, con especial influencia entre los cientos de jóvenes artistas dominicanos que siguen sus pasos en Nueva York.
Miembro del Latin Art Museum, Dionisio de la Paz fue uno de los pintores encargados de abrir las fronteras del arte dominicano hasta el pleno corazón de Estados Unidos, con tendencias artísticas propias de su país natal conjugadas con el estilo habitual de la gran urbe norteamericana.
El dominicano Julio Susana fue la fuente de la que bebió la joven Carmen Cordero, quien comenzó su carrera como artista en Ciudad de México en 1982. Sus instintos artísticos reflejaban la pasión dominicana a través de cada pincelada pese a no haber recibido ninguna instrucción. Sus habilidades le llevaron hasta Nueva York, donde se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Winchester, algo que no le ha arrebatado el azar y la intuición en la que se basa su obra.
Una nueva escuela dominicana limada por la influencia norteamericana pero que perdura y crece sin perder sus raíces espontáneas y alegres. Luanda Lozano y Delsa Camacho no escapan de este arte basado en la observación e inscrito en un movimiento que surge de forma natural y franca, abriéndose paso entre otros patrones más rígidos y afianzándose entre artistas y críticos.