Dejarse perder para encontrar, el consejo de Kafka para zambullirse en Praga
Desde el casco antiguo hasta el barrio de Malá Strana, la ciudad respira la cultura que reluce a borbotones tras haber permanecido aplastada bajo el régimen comunista.
“¿Dónde está mi hogar?”, pregunta el himno de la República Checa, un país en el que aún se respiran aires de grandes cambios, con un agitado pasado aún a flor de piel que se deja entrever como el hielo que se cuela entre el pavimento de las aceras. La cultura centroeuropea asalta cada esquina, ansiosa por darse a conocer al visitante que con sed de comprender se ve deslumbrado por un arte que se mueve entre el elitismo del Museo Nacional de Praga hasta la espontaneidad de los músicos callejeros que entonan una sinfonía o un vals en un rincón inesperado.
Praga es corazón y pulmón checo. Tras las invasiones, especialmente la comunista, la cultura quedó aplastada y sumergida, y ahora se deja respirar a grandes bocanadas. Por su ubicación geográfica, supone un mestizaje entre las influencias rusas y de Europa del este con las de Alemania y Francia. Así lo reflejan el Teatro Nacional de Praga y el Teatro Negro, arterias por las que fluyen desde Wagner hasta Stravinski, pasando por Mozart o Puccini.
Mientras tanto, el gueto de Josefov aguarda la visita del ávido turista, que de golpe se encuentra con las grandes sinagogas –Maisel, Pinkas, Kalus-, así como el antiguo cementerio judío, entre otros elementos que conforman el Museo Judío. Un espacio en el que el espíritu de Franz Kafka, su sensibilidad y su correspondencia, brillan con el ímpetu de un autor considerado como uno de los más influyentes del siglo XX.
Siendo una de las ciudades turísticas más visitadas en toda Europa, para acercarse a la esencia de Praga es recomendable alejarse de las tradicionales fechas festivas para poder zambullirse de pleno en casco histórico que es considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1992. Sólo así la Catedral de San Vito, el Callejón del Oro y la Alquimia, la torre Dalibor y el antiguo Palacio Real dejan entrever la historia que fluye a borbotones por cada grieta de sus muros. También el Niño Jesús de Praga, instalado en la iglesia de Santa María de la Victoria, adquiere su verdadero sentido en la quietud no sólo del entorno, sino también en la espiritual.
El Puente Carlos, el más antiguo de la ciudad (1357), es el encargado de unir la ciudad vieja con el barrio de Malá Strana. A lo largo de los 516 metros de esta simbólica construcción, el río Moldava fluye por debajo de sus 16 arcos, mientras que los caminantes se encuentran flanqueados por las treinta estatuas que decoran el camino. Cuando las inclemencias del tiempo lo permiten, aquí y allá surgen repentinamente artistas ambulantes y vendedores callejeros que se agolpan en los diez metros de ancho con los que cuenta el puente.
“Quien busca no halla, pero quien no busca es hallado”, afirmó Franz Kafka. Una afirmación que se puede trasladar al espíritu con el que el viajero debe afrontar Praga, dejándose llevar por las calles y por la cultura, por su gente y tradiciones, para encontrar el verdadero hogar anhelado por el himno checo.
Recuerde que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
Artistas callejeros y vendedores ambulantes toman el Puente Carlos en fechas festivas conformando el particular paisaje de este punto praguense. (Foto: Chosovi)