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Hortera a mucha honra. Relato en vísperas de la toma de posesión
Donald Trump, el presidente inesperado. (Foto: FB)

Hortera y a mucha honra. Relato vitriólico en vísperas de la toma de posesión

Trump es el ejemplo de eso que yo admiro y que me gustaría conseguir: ganar mucho dinero y vivir en una mansión de lujo en Manhattan llena de bonitos decorados dorados como los que tenían los reyes de Francia.

YO VOTÉ A DONALD
 / Actualizado 15 enero 2017 Ampliar el textoReducir el textoImprimir este artículoCorregir este artículoEnviar a un amigo
Me llamo Jack Taylor. Nací en Detroit hace 54 años y todavía vivo allí. Mi padre trabajaba para la industria automovilística y mi madre tenía una pequeña tienda de lencería. Ahora los dos ya están jubilados y se mantienen a flote a duras penas con un fondo de pensiones que mi padre fue ahorrando toda su vida profesional. Yo seguí sus pasos, me hice técnico especialista en mecánica y me contrataron en General Motors, donde trabajé duro y conseguí ser jefe de varias cadenas de montaje.

Me ganaba bien la vida y me casé con Linda Macperson, una vecina, hija de inmigrantes escoceses muy buena gente. Tenemos dos hijos, Steve y Benny, buenos chicos y buenos cristianos los dos, como nosotros.

De repente todo se torció a partir de 2007. Los pedidos empezaron a fallar, por culpa de las importaciones japonesas y coreanas. La empresa iba de mal en peor y se endeudó demasiado. Sobraba personal. Entonces contrataron a Mike Robinson, un “negro” ingeniero industrial que decían que era brillante, para que reorganizara la producción. Este negro arrogante y sinvergüenza me cogió manía desde el principio, porque me encaré con él y decía que le insulté.

Yo sólo le dije que Ricky Jones, el anterior jefe de planta, era muy superior a él, dejando el color aparte. Pero él lo tomó como racismo y se ofendió mucho. La verdad es que nunca un negro puede dar la misma talla que un blanco. Eso lo sabía hasta Darwin.

El caso es que con la excusa de una reducción de plantilla me despidieron, junto con otros muchos. Malviví como desempleado con la indemnización de miseria que me dieron y con el pequeño sueldo de Linda, que trabajaba entonces como recepcionista en una firma de abogados. Hasta unos años más tarde no conseguí un nuevo empleo temporal en la Ford.

A General Motors la reflotaron luego con miles de millones de dinero del Estado y poco a poco se empezó a recuperar. Así que logré reingresar, pero con la mitad del sueldo de antes. Había que competir duramente con Japón y Corea, y era cosa de bajar costes. Por eso tuve que aceptar, para tener al menos un sueldo y poder mantener a mi familia de mala manera.

Y todo por culpa de los inmigrantes morenos, sumados a los muchos negros malos trabajadores que hay en Detroit. También por culpa de permitir que las grandes industrias subcontraten trabajo fuera de Estados Unidos, en México o en China. Y encima los amarillos nos inundan con sus productos copiados de los nuestros y mucho más baratos.

Linda y yo no parábamos de rezar para que Dios nos librara de tanta injusticia y mantuviera nuestra esperanza de que alguien algún día cambiara nuestro país. Ese alguien no podía ser Barack Obama, que además de negro es medio musulmán y es un flojo. Que hace grandes discursos, pero permite que todo siga igual.  

Entonces apareció Donald Trump y yo voté por él, como muchos millones de compatriotas. Es nuestro nuevo presidente y estoy seguro de que cumplirá lo que prometió y regenerará los Estados Unidos de América. Porque ya era hora de que recuperásemos el espíritu de los colonos que hicieron grande este país. Menos señoritos de Harvard y Yale y más hombres de negocios como Trump, que metan en cintura a toda esta invasión de socialistas, musulmanes y latinos perezosos. Que de una vez frenen las importaciones de coches de Asia y penalicen a las empresas americanas que se vayan a producir fuera. A ver si así nuestra industria se hace fuerte de nuevo y ocupa mano de obra americana, pagando mejores sueldos. Sé que Donald volverá a convertir América en el país de las grandes oportunidades.

Él es un buen ejemplo de eso que yo admiro y que me gustaría conseguir para mí o para mis hijos: ganar mucho dinero como él y vivir en una mansión de lujo en Manhattan como él, llena de bonitos decorados dorados como los que tenían los reyes de Francia. Y viajar en una gran limousine con chófer. Y comer en los mejores restaurantes de Nueva York o Chicago.

Además, puestos a soñar, poder tener una mujer como la de Trump. Hay que ver lo buena que está. Pero claro, eso sólo se consigue con una fortuna como la de Donald. Yo quiero a Linda, mi mujer, pero cuando veo a Melania Trump se me hace la boca agua, y que Dios me perdone.

En fin, que todo esto no me da envidia. Al contrario, el éxito de Trump me estimula para buscar el mío propio y el de mi familia. Y creo que un hombre como él, con dotes de mando, ideas claras y sentido del negocio, es el líder que necesitamos. Es el presidente que deberá frenar a los engreídos de Silicon Valley y a los comunistas infiltrados en Hollywood. Es el hombre que se opondrá a los movimientos feministas y hará que las mujeres recuperen su papel natural en nuestra sociedad.

Él ya hizo unos comentarios chistosos sobre las mujeres, que tanto le han criticado, aunque no hizo más que decir espontáneamente lo que muchos piensan. En todo caso basta con leer la Biblia y entender la creación de Dios, a partir de Adán y Eva. Como nos lo enseñaron nuestros antepasados y como lo cree todavía una mayoría de nuestra América cristiana, desde el Midwest hasta Texas, donde están las raíces profundas de nuestra cultura, ahora amenazada por los antiguos esclavos y por inmigrantes mexicanos, cubanos y portorriqueños. Demasiado chocolate y café con leche, que puede acabar con el país que hemos construido los blancos.

En cuanto a la energía, espero que el nuevo presidente deje de lado toda esa palabrería de los demócratas y de algunos científicos bien pagados, sobre el calentamiento global y la contaminación. Que aumente el fracking para tener más gas y petróleo y ayude a la industria petrolera y del carbón, para que tengamos energía barata en la industria. Porque todo eso del coche eléctrico suena muy bien, pero está todavía en mantillas y esa energía al final también se ha de obtener con petróleo.

Lo que también me gusta de Trump es su fidelidad a nuestra constitución en lo del derecho a poseer armas. Sé que en Europa le critican por ello y dicen que es un amigo de la National Rifle Association. Pero no es verdad. Y gracias que tenemos a esta poderosa asociación para defender a nuestra industria de armamento y para ayudar a proteger a los ciudadanos.  

Porque es al revés. En lugar de poner trabas al derecho de todo americano a portar armas, se debería reforzar ese derecho. Cuanto más armada esté la población, mejor seguridad y protección frente a criminales y locos fanáticos.

Y por hablar de nuestra política exterior, que ahora es un desastre, espero también que Trump corrija el rumbo del flojeras de Obama. Mano dura con Cuba y con Iran, que los acuerdos existentes son una rendición en toda regla. Y respaldo total a Israel y a sus asentamientos, frente al disparate de los dos estados en Palestina.

¡Cómo deseo que Donald empiece a mandar! ¡Cómo espero que se cargue cuanto antes el Obamacare! Porque esto que llaman cobertura sanitaria nos cuesta mucho dinero, limita nuestra libertad de elección y encarece los seguros privados. Es populismo puro y duro. Totalmente antiamericano y socialista.

Por cierto, poco después de las elecciones del 8 de noviembre de 2016, me encontré un día de nuevo al ingeniero negro Mike Robinson deambulando por la fábrica. Forcé un saludo frío a ese canalla que me había puesto la proa cuando me despidieron. El muy hipócrita se detuvo, me dio la mano y dijo que se alegraba de que me hubiesen readmitido. Yo le comenté a cara de perro que yo me alegraba de que pronto tendríamos a Donald Trump para hacer limpieza. Entonces él, muy acalorado, me dijo que era penoso lo sucedido, que era el triunfo de la incultura y la ordinariez sobre la moderación, la cultura y el señorío de la era Obama.

Cuando iba a responderle, me gritó furioso: “¡Lo peor de toda esta chabacanería llena de multimillonarios, lo que más me repugna, es el toque hortera del tupé de Trump!” Me dejó con la palabra en la boca y salió escopeteado.

Comprendo que él y muchos más como él lo van a pasar mal. Porque ahora ha llegado nuestro turno, el de los que ellos llaman horteras.

Y a mucha honra.
 

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