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El swing, ese movimiento con el que el jugador de golf imprime velocidad a la cabeza del palo, echando ésta hacía atrás primero (backswing), para descender velozmente hasta la bola para atravesar (follow through) ese punto y completar el final (finish), es más fácil de escribir que de ejecutar con precisión, armonía y fuerza.
De hecho, sólo los profesionales tenaces y los jugadores experimentados logran el swing idóneo, que no perfecto, porque el golf no es el juego de la perfección, como dejó escrito Bob Rotella.
Entre los jugadores amateurs no sólo no hay perfección, sino que en bastantes casos no hay siquiera idoneidad, lo que acaba reflejándose en los golpes y, de modo definitivo, en la tarjeta donde se anota el tanteo. Porque esta falta de adecuación entre el deber ser y el ser del swing amateur es un misterio que se estudia en algunas universidades. También es algo que da comer a profesores de golf y a editores de revistas, libros y vídeos de golf que se ceban en estos pobres players, angelitos en busca desigual del éxito en el swing. Sin él no se librarán de pagar el café al final del partido.
Si hay negocio es porque hay oportunidad; si hay oportunidad es porque hay sufrimiento; si hay sufrimiento es porque hay carencias fundadas en la diversidad humana. No se puede negar: en el golf como en la vida – que también en esto imita al golf – la verdad sólo tiene un camino, y fuera de ella encontraremos polvo, sudor y lágrimas como comprobaron los amigos del Cid partiendo de Burgos en verano y sin aire acondicionado.
La diversidad humana tiene partes positivas, como la belleza de mi prima Margarita o el swing de Ernie Els y partes negativas que dejo a la imaginación de mis lectores en lo vital y concreto; en materia de golf, podemos verlas en esos horrendos swings que padecemos por nuestros clubs. ¡Cómo es posible hacer tan extraños movimientos, tan dispares desplazamientos y tan peculiares gestos para un mismo fin: dar a la bola de golf con el palo de golf!
Los expertos en criminología ven un cadáver con un cuchillo clavado entre los omóplatos de un ciudadano y enseguida concluyen que se trata de un asesinato. Hasta aquí también puede llegar el discernimiento de un jugador de golf. Pero estos experimentados miembros de la división de homicidios van más allá y concluyen que la fechoría es obra de Johnny “El Traidor”.
¿De dónde esta capacidad deductiva? Para nosotros es un enigma pero para estos profesionales es pan comido: Johnny “El Traidor” siempre deja el cuchillo clavado en la espalda y no lo recupera. ¡Es su firma!, a la que paradójicamente no traiciona, pues es el modo de significarse. Otros asesinos, cortan un dedo de la víctima, dejan un pintada con un cita del Apocalipsis o se llevan la tarjeta Visa del finado. ¿Por qué? Porque no pueden evitarlo: es su firma, es el modo de diferenciar su tarea de las actuaciones de otros criminales y de pasar a la posteridad. Para un asesino en serie que se precie tan importante como matar es dejar su firma.
Eso ocurre igual - normalmente sin cadáver por medio – con el jugador de golf. De hecho, tras años de perseguir la bola por el campo y después de miles de golpes, el jugador de golf no suele modificar su singular modo de aporrear la bola. Nos pasa a todos cuando alcanzamos una edad. Y así, un socio veterano es capaz de pasar lista de socios con sólo ver las calles del campo de golf de su Club: “allá va Fulano”; “allá hace un approach Mengano”.
Hace ya unos años, en el partido dudábamos sobre quién era aquel socio que iba a hacer la salida allá lejos en el tee del hoyo 15.
-Si después de dar a la bola cae con su peso hacia atrás, es mi cuñado Agustín – sentenció José Antonio M. Y, efectivamente, aquel distante jugador movió un backswing muy abierto, bajo con energía la mole de sus fuertes brazos y , en un gesto de descompresión de todo su humanidad, se vino hacia atrás como esos cañones con potente retroceso. Ya no había duda: era el cuñado Agustín.
Pueden ponerse tantos ejemplos de firmas como jugadores: hay quien en el swing de prueba parece bendecir a la bola; otro blande el driver como una Tizona; el de más allá se concentra tanto que los segundos pasan lentos como en un minuto de funerario silencio; hay quien hace el swing con la colilla en la comisura del labio y otro que se cuelga tanto el palo que milagro es que no se dé con él en el tobillo. ¿No nos pasa algo similar en otras facetas de la vida? El gesto nos delata.
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El swing es el movimiento con el que el jugador de golf imprime velocidad a la cabeza del palo. (Foto: Companygolflessons) |
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